EL CONSUMO DE PRODUCTOS FORESTALES

El consumo de estos productos derivados de los recursos forestales se registra principalmente en los países desarrollados. Así, por ejemplo, el consumo de pulpa42 se concentra en Norteamérica, que absorbe alrededor de 50% del total mundial, 30% se consume en Europa y 15% en la antes URSS y Japón. Por tanto, el consumo de los países en desarrollo se limita a un escaso 5% del total del mundo.

En América Latina el consumo de madera se ha triplicado en los últimos 30 años. La producción de pulpa ha aumentado a un ritmo de 8.8% entre 1970 y 1978, mientras que la de papel lo ha hecho a 6.3%. El crecimiento en el consumo de madera en América Latina es de 138% y 220% en terrenos de madera aserrada y para uso industrial (incluyendo pulpa y papel) entre los años 1960 y 1978, y de 27% en utilización de leña para producir energía. Sin embargo, pese a estos ritmos de crecimiento tan dispares, la producción de leña con fines energéticos seguía siendo en la región, unas tres veces superior a su utilización para fines industriales.

En lo que toca al consumo de papel se dan cifras muy similares. Los patrones de consumo del mundo desarrollado, las necesidades de embalajes y, sobre todo, de publicidad y propaganda, etc., representan un altísimo consumo de papel. Se sabe que el periódico The New York Times utiliza a diario el equivalente de seis hectáreas de bosques canadienses, y el domingo esa cifra se eleva considerablemente, fluctuando entre 15 y 20 hectáreas.

El impacto ambiental es también diferente del que se produce por la explotación del bosque en los países en vías de desarrollo. En el mundo industrializado radica en gran medida en la producción de residuos, desechos y contaminantes, tanto en las diferentes fases del proceso productivo como en el proceso mismo de consumo. La industria de papel y celulosa figura entre las más contaminantes. En general, sus impactos ambientales resultan de la contaminación de las aguas por descarga de desechos sólidos orgánicos e inorgánicos, y de la contaminación del aire por la emisión de componentes azufrosos, en especial dióxido de azufre. La descarga de residuos en las aguas tiene importancia en la medida que afecta la demanda bioquímica de oxígeno, con lo cual se afecta la calidad del agua y la vida de los organismos vivos en el ecosistema.

Otro efecto se deriva de los sólidos en suspensión por la pérdida de materias fibrosas, que se traduce en aumentos de turbidez del agua. Con ello se reduce la transmisibilidad de la luz, afectando así el proceso de fotosíntesis en el medio acuático receptor. La mayor turbidez puede resultar también en un proceso de decantación de sólidos y en una reducción del oxígeno disuelto, lo que equivale a un aumento de la demanda bioquímica de oxígeno. Estas sustancias sólidas, al incrementar la sedimentación, reducen las posibilidades de alimentación de la fauna y la flora del fondo. Si ello se asocia al mayor consumo de oxígeno disuelto, por los materiales orgánicos descargados, queda traducido en la producción de metanos, anhídrido carbónico y otros gases. Algunos procesos, como el kraft, redundan en aguas alcalinas, alterándose la calidad del agua y la vida del ecosistema acuático. Finalmente, las descargas de residuos pueden afectar al color de las aguas, con nuevas y adicionales reducciones de la capacidad de transmisión de la luz y su cadena de subsiguientes efectos.

El uso de los recursos forestales arroja un cuadro diferente en los países en desarrollado y los desarrollados. Ello se deriva de los patrones de consumo que orientan la explotación forestal, de los conocimientos técnicos y científicos y de las características distintas de los recursos que se utilizan.

La explotación forestal en los países en desarrollo obedece fundamentalmente a las necesidades de energía y a las exigencias de una demanda internacional de productos que requieren usos alternativos del recurso tierra. En este último aspecto --y dadas las características de los recursos forestales--, en esos países no se dispone de una tecnología adecuada.

Los tres factores mencionados --presión de las necesidades crecientes de un recurso básico; presión internacional hacia un uso alternativo del recurso tierra, y tecnología inadecuada-- se conjugan con consideraciones económicas de beneficio inmediato que resultan, finalmente, en el uso predatorio de los recursos forestales, con desastrosas consecuencias para el sistema natural, la pérdida irremediable de especies y unos efectos negativos sobre el proceso de desarrollo a largo plazo.

En los países industrializados existe una tecnología desarrollada de acuerdo con las características ecológicas del sistema empleado, y se han puesto en práctica métodos y técnicas de cultivo de ciertas especies, orientados hacia la producción de bienes manufacturados. Por tanto, el mayor impacto no se debe al agotamiento del recurso forestal y de las áreas que cubre, sino a los deterioros del medio ambiente que resultan de las distintas fases del proceso productivo y del consumo mismo de los productos manufacturados.

Los recursos forestales representan un porcentaje importante del total de la biomasa de la tierra. Además, aproximadamente 85% de la totalidad de los recursos bióticos terrestres están contenidos en bosques de diferentes tipos, y la biomasa es producto directo del proceso de fotosíntesis. Así pues, pueden considerarse, con justicia, recursos renovables. Sin embargo, para que lo sean realmente, es preciso que su utilización no altere el proceso de fotosíntesis y los ciclos bioquímicos que en ella se llevan a cabo.

Esto es sólo posible mediante una gestión adecuada e integral de la totalidad de cada ecosistema forestal específico; en otras palabras, la gestión, la tecnología por emplear, etc., deberán ser distintas para un bosque de clima templado o para uno tropical. Lo anterior requiere, por un lado, medidas institucionales y, por otro, la superación de problemas económicos y de desarrollo que ejercen presiones excesivas para la explotación de los recursos sobre la base de consideraciones de corto plazo, que no siempre reflejan las prioridades del país y que, en todo caso, son contrarias a la preservación de la productividad del ecosistema natural, al impedir que se cumpla el ciclo biológico y químico necesario para su renovabilidad.

Por otro lado, se requiere un esfuerzo científico y tecnológico que se base no tanto en exigencias de productividad y de lucro económicos, como en consideraciones ecológicas orientadas hacia la gestión racional de recursos y a garantizar su renovabilidad. Sobre este punto se ha señalado que los estudios en ciencia y tecnología de la madera han declinado en los últimos veinte años.43

Si esto es cierto, en los recursos forestales de clima templado la situación es mucho más grave en el sistema forestal en zonas tropicales. Como ya se ha dicho, nunca ha habido en ellas un desarrollo científico-tecnológico adecuado, y la explotación se efectúa con técnicas y sistemas de gestión generados en las zonas templadas, que no resultan apropiados y muchas veces son incluso nocivos para las condiciones ecológicas de los sistemas tropicales y subtropicales.