
Intentar incluir tales propuestas en el marco de una visión maniquea del mundo (una sociedad moderna perversa enfrentada a una sociedad tradicional virtuosa) que interprete estas convicciones como una tentativa más de la sociedad occidental tendiente a seguir postergando a las mujeres del Tercer Mundo (a quienes, por lo demás, se les pretendería hacer conscientes de sus responsabilidades sociales, según la visión predicada por quienes siguen manteniendo el poder conservador) no hace sino añadir el insulto a la simple mala fe.
Porque de ninguna forma se trata de empujar insidiosamente a las mujeres del Tercer Mundo a copiar los míticos modelos occidentales de mujeres "demasiado liberadas", que están tan lejos de corresponder a una realidad mayoritaria.
Las mujeres del Tercer Mundo, y no sólo las mujeres africanas, que mantienen un arte por demás sutil y gratificante de asumir su femineidad, están suficientemente conscientes de la gran cantidad de barreras que deben enfrentar como para no saber el valor que representan sus hijos, para ellas mismas o para su propia posición dentro de a sociedad. No es casual, por ejemplo, e incluso en el seno de las parejas universitarias del Senegal, que las mujeres tengan un promedio de cinco hijos, como lo muestra el análisis realizado por el último censo nacional. Es cierto que el lugar privilegiado que los hijos mantienen en el continente africano, constituye una realidad, un placer que es necesario seguir resguardando cuanto sea posible.
El maltusianismo restrictivo (por no decir estajanovista) puesto en práctica masivamente en algunos países y que lleva a políticas de esterilización en algunas áreas de Brasil o de Indonesia por ejemplo,- (afortunadamente los países africanos parecen de momento quedar al margen de este tipo de operaciones a gran escala) - supone no sólo una aberración sino sobre todo una violación de los derechos humanos condenada por todos, desde los defensores del orden moral hasta las corrientes feministas.
Nada de esto podría, sin embargo llegar a disfrazar la existencia de esa enorme cantidad de embarazos no deseados, o aceptados con resignación, tanto por el hombre como por la mujer. Por mucho que mujeres y hombres amen a sus hijos, es necesario reconocer y confirmar el hecho de que la carga de más de siete hijos por mujer se llega a hacer insoportable y es perjudicial no solamente para la mujer, el hombre o los hijos en cuestión sino también para el Estado. En este orden de ideas, no resulta tan ilógica la posición de quienes colocan al aborto como la última posibilidad anticonceptiva ante toda una gama de otros métodos tan posibles como deseables.