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REVOLUCION

 

"La revolución permanente es el único modo de revolución posible"

"La palabra capitulación ha sido borrada del lenguaje alemán", decían los periódicos cuando Hitler embarcó a Alemania en una guerra suicida. Pero la mostrenca realidad demostró lo contrario.

Lo mismo ha ocurrido -entre nosotros- con la palabra Revolución, que también ha sido borrada de nuestro lenguaje. Y, sin embargo, el mundo se encuentra en una situación prerrevolucionaria, a juzgar por lo que nos informan todos los politólogos y todos los analistas socio-económicos.

Que hace falta una gran transformación de nuestro mundo, eso nadie en sus cabales lo puede negar.

Hay personas que están interesadas en asociar siempre evolución a cambio no brusco y, sobre todo, no violento, mientras que una revolución social es siempre asociada a violencias, derramamientos de sangre y perturbaciones del "orden establecido".

Esta distinta mentalidad -evolución o revolución- origina la clasificación de los hombres en conservadores y revolucionarios. No utilizo el término progresista, porque va cargado de ambigüedad y confusión.

Lo normal es que todos deseemos la justicia, pero unos, como Goethe, prefieren el orden a la justicia y otros, en cambio, prefieren la justicia al orden, es decir a la tranquilidad.

La palabra revolución, que también existe en biología, ha pasado modernamente de la mecánica al campo social. En mecánica se llama revolución a un giro completo de un cilindro o de una rueda.

En realidad evolución es la introducción o la supresión de ciertos elementos que no modifican radicalmente al ser mismo, realizada en virtud del dinamismo de su propia naturaleza, sin la intervención de fuerzas extrañas al proceso.

Revolución, en cambio, es la destrucción o la transformación radical del ser que se trata, con o sin la intervención, que puede ser violenta o no, de otras fuerzas extrañas a la naturaleza del ser.

En la Historia, si evolución es el desarrollo y la manifestación de las distintas posibilidades de un sistema político, económico, etc. de una estructura o de un orden de relaciones sociales, revolución será la destrucción o transformación radical de las mismas posibilidades.

La revolución no lleva consigo necesariamente violencia, sino sólo ese cambio total que tiene su símbolo en el giro completo de la rueda (mejor diríamos en la media vuelta de ésta), y lo que implica es la sustitución de una realidad por otra radical y cualitativamente diferente.

Estando como está la historia, plagada de violencia, es natural que ésta también haya existido en los momentos revolucionarios, lo cual ha dado ocasión a que se identifique muchas veces la revolución con la violencia. Sin embargo son cosas diferentes que no hay que confundir. Lo que hizo Gandhi fue una auténtica revolución cuyo método fue, precisamente, la no-violencia.
 

Visión histórica

Cuando Copérnico escribe Sobre las revoluciones de los orbes celestes el término revolución se emplea para el movimiento sometido a las leyes de los astros. Se está aquí lejos de cualquier violencia que pudiera alterar el recorrido.

Maquiavelo concede un papel básico a la violencia en el orden político, aunque las palabras que él utilizaba con más frecuencia, como rebelión o revuelta, tenían más que ver con tumultos de la Edad Media que con el concepto de revolución.

Lo que ahora llamamos Revolución de Cromwel, que ejecutó al rey, -todas las democracias históricamente vienen después del asesinato del rey-, entonces no se tuvo como tal a pesar del establecimiento de la dictadura y de profundos cambios, sino por el contrario en Inglaterra se utiliza la palabra revolución para designar la restauración de la monarquía claramente absolutista.

Y se volvió a usar, con la terminología de revolución gloriosa, cuando ocupan la corona Guillermo y María de Orange, que restauran los viejos derechos del Parlamento y de la Iglesia en Inglaterra. La "revolución gloriosa", dice Arendt, es el acontecimiento gracias al cual y de modo harto paradójico el vocablo encontró su punto definitivo en el lenguaje político e histórico; no fue concebido de ninguna manera como un revolución, sino como una restauración del poder monárquico a su gloria y virtud primitivas.

Para entender lo que hoy significa la palabra revolución tenemos que partir de la Revolución Francesa, cuyo caldo de cultivo fue propiciado por los abusos y violaciones cometidos por la monarquía absoluta. Cuando Luís XVI -uno de cuyos antecesores había dicho "El Estado soy yo"- se entera por el duque de La Rochefoucauld, de la toma de la Bastilla, le preguntó si era una "revuelta". El duque le contestó: "No, Sire, es una revolución".

Se cambiaba la legalidad vigente. Y se trataba de un levantamiento en nombre de la libertad.

Fue Condorcet el que captó la nueva situación, al afirmar que la palabra "revolucionario" sólo puede aplicarse a las revoluciones cuyo objetivo es la libertad.

 

Rebelión y Revolución

"El hombre rebelde -dice Albert Camus en su ensayo- es un hombre que dice no".

La rebeldía suele surgir de la contemplación de la injusticia o del caos social, y el rebelde tiene, de algún modo, cierta conciencia de que su enfrentamiento al orden que le oprime está avalado por la razón. La rebelión, para que sea auténtica, debe ser un acto propio del hombre informado, porque como decía Lenin: "Sin teoría de la revolución no hay revolución posible".

La revolución es una forma de rebelión a partir del siglo XVII, como consecuencia del desarrollo en el pensamiento filosófico y político de las ideas de justicia y libertad. Por eso las guerras de campesinos, las rebeliones de siervos y esclavos, ls revueltas milenaristas y las mismas agitaciones burguesas medievales no son verdaderas revoluciones en el sentido moderno del término.

En Espartaco y sus gentes había desesperación y rebeldía, pero detrás no había ningún proyecto revolucionario para cambiar la sociedad romana. Esta falta de idea de futuro es considerada por Jacques Ellul en su libro Autopsia de la Revolución:

"La revolución -dice- es siempre constructiva: debe desembocar en mañanas que cantan; la rebeldía es una sublevación titánica que hace crujir las cosas sin futuro previsible".

La rebelión si no se transforma en una revolución auténtica en el curso de los acontecimientos, suele terminar en fracaso estéril, incluso cuando triunfa. Los campesinos de Pancho Villa o los indios de Tupac Amaru no supieron qué hacer con su victoria.

Especialmente en el caso de las rebeliones campesinas, a los rebeldes les pasa un poco como a los invasores nómadas -Atila- cuando toman una ciudad: pasado el saqueo y el pillaje, son incapaces de hacer una nueva organización urbana.

 

La tragedia de las revoluciones

El aspecto trágico de la revolución es que -a veces- se acaba devorando a sí misma porque "la luz revolucionaria nacida del retroceso de la sombra, debe hacer frente a la vuelta de la sombra que la amenaza incluso dentro de ella misma".

La luz de la toma de La Bastilla -lo mismo podría decirse del asalto al palacio de invierno en la revolución rusa- fue seguida por los asesinatos de la multitud, los crímenes de la "virtud" y la noche del terror, hasta culminar en el sacrificio del sacerdote máximo, Robespierre, en la guillotina. No es extraño que madame Roland pudiese exclamar la conocida frase: ¡Libertad, libertad, cuantos crímenes se cometen en tu nombre!".

Carlyle, autor de Historia de la Revolución Francesa, titula así sus tres gruesos volúmenes: La Bastilla, la Constitución y La Guillotina. La libertad estuvo en la primera parte; la revolución de la igualdad naufragó en el Terror. Fue Bonaparte, convertido ya en emperador, el que encarna la idea, no la idea de la fraternidad sino el asentamiento de la propiedad, burguesa naturalmente, que queda fijada en el Código Civil.

En la revolución rusa se deja inicialmente la libertad en un segundo plano (libertad ¿para qué?) y se coloca la igualdad como objetivo primero. Se acaba en una inmensa burocracia que fagocita la revolución, quitando el poder a los Soviets, y sepulta a la revolución en el tenebroso mundo del Gulag.

Y en nuestros tiempos -aunque todavía no tenemos la distancia en el tiempo suficiente para analizar, por ejemplo, la revolución sandinista, ya está claro que -por muchos- ha sido traicionada a pesar, y pasando por encima de la sangre que costó hacerla... porque en las revoluciones siempre, siempre, el pueblo pone los muertos.
 

El Movimiento Obrero y la revolución subversiva

Sigo aquí el comentario que hace Jacinto Martín en su precioso libro Los cristianos en el Frente Obrero:

"La conciencia obrera ha sido elaborada con rudo trabajo de artesanía, lento, costoso. No eran abundantes los medios de que el Frente disponía y la visión era muy corta y no podía menos de ver que necesitaban colaboradores mejor utillados que el mismo.

Estos colaboradores eran necesarios además para poner vivamente de relieve los hechos, para sistematizarlos, para descubrir fórmulas que hiriesen vivamente la imaginación, de modo que impulsasen el nacimiento de una opinión y despertasen el tesón operativo del Frente.

Y fue así como éste extendió a los hombres de estudio y de pensamiento un crédito amplísimo que fue sin duda más allá de lo prudente, ya que por una especie de funesta inercia terminó por dejarles dirigir la conciencia obrera y ejercer el mando.

En lugar de aceptar caritativamente ser intérpretes y servidores del hambre y sed de redención de este conjunto social nuevo y virgen, se empecinaron en modelarlo a su propia mezquina imagen y en erigirse en Estado Mayor de una lucha cuyos profundos motivos nunca comprendieron.

Eran inteligentes, sin duda alguna, pero en el terreno de la acción eran muy mediocres...

El demagogo, dueño del pobrísimo aunque explosivo armamento de sus artificios doctrinales, de su virtuosidad verbal y de us magnetismo sobre los incultos, no puede sino desencadenar los movimientos instintivos y desordenados: la revolución subversiva.

Marx, Bakunin, Lenin: tres ejemplares tipo de doctrinarios, funestos para el avance del Frente Obrero. Aventureros, servidores de otros ideales, encadenados a otros intereses que los genuinos del Frente. No podían luchar lealmente porque estaban interesados en servir a su señor, a doctrinas extrañas a la sustancia obrera".

 

El cristiano y la revolución

El cristiano por vocación es "radicalmente revolucionario", nos dice el uruguayo Javier Galdona en Neoliberalismo y fe cristiana. Es revolucionario porque la realidad histórica siempre le interpela a ser transformada. No se trata de transformaciones menores o circunstaciales, sino que se trata de transformaciones radicales: desde la raíz.

La radicalidad revolucionaria se apoya en un elemento central de la fe cristiana que llamamos Reino de Dios. La vocación del cristiano es a participar activamente en la construcción de esa realidad radicalmente nueva que Dios mismo va generando en la historia. Se trata de un proceso ininterrumpido (aunque tenga sus altibajos) e infinito. Siempre la realidad puede, y así lo exige, ser transformada en otra mejor.

Se trata justamente de la anti-resignación, porque la resignación sólo es virtud cristiana cuando forma parte de la virtud de la fortaleza. El cristiano, por su propia fe, no puede aceptar la resignación ante la realidad social, porque sea cual fuere no es la mejor posible (siempre es posible y necesaria otra mejor), ni tampoco para los hombres es imposible cambiarla.

Radicalidad revolucionaria no implica falta de paciencia histórica, ni implica inmediatismo, ni tampoco implica no asumir las limitaciones personales e históricas que se nos imponen. Es imprescindible asumir la im-potencia de transformar la realidad total, pero ello no significa en modo alguno renunciar a transformarla.

Una gran aportación del cristianismo a la revolución es en el campo antropológico. Cuando Albert Camus quiere crear el héroe sin la gracia tiene que caer en la desesperación. Por eso para calificarle se ha acuñado la frase "la honradez desesperada".

El auténtico hombre de la revolución es el santo. Y para llegar a serlo el hombre necesita la gracia. Sin ella todos llevamos en nuestros labios la posibilidad del beso de Judas. Es decir, la traición. Algo intuyó Lenin cuando expresaba: "Para hacer la revolución que pienso me harían falta hombres de la talla de Francisco de Asís".

Pero el pobre de Asís no puede salir de los procedimientos de amaestramiento de ninguna dictadura. Francisco de Asís es el hombre de la gracia.
 

Mounier y la revolución

La primera tarea revolucionaria -dice Mounier- consiste en "una toma de conciencia personal del mal en sí, del mal público proyectado ante ellos y separado de ellos, recitado con una voz que creen pura, pero que es la de su propia participación en el mal, de sus incidencias en su comportamiento cotidiano, de las mentiras virtuosas de sus palabras y de sus actos. Esta es la primera revolución; sin ella la otra será solamente una comedia" (Esprit. Nº27, dic.1934).

Y en este mismo número define así:

"Llamamos revolución personal a la actuación que nace a cada instante de una toma de mala conciencia revolucionaria, de una rebelión dirigida en primer lugar contra uno mismo, contra su propia participación o su propia complacencia en el desorden establecido, contra la separación que tolera entre lo que él sirve y lo que dice servir, y que posteriormente se transforma en una conversión continua de la persona solidaria, palabras, gestos, principios, en la unidad de un mismo compromiso".

El primer editorial de Esprit debido a la pluma de Mounier se titulaba: "Rehacer el Renacimiento".

La Revolución Francesa fue, a pesar de sus aportaciones positivas, una revolución burguesa e individualista. El nuevo renacimiento (la nueva revolución) deberá ser personalista y comunitaria o no será nada.

"El primer Renacimiento careció del renacer personalista y olvidó el renacer comunitario. Contra el individualismo, tenemos que recobrar el primero. Pero sólo lo conseguiremos con la ayuda del segundo".

Mounier denunciaba la buena conciencia de los mismos revolucionarios. Se creen infalibles en la acción por el solo hecho de ser revolucionarios. Es malo considerarse puros, justos. Por eso Mounier proclamaba la necesidad de la autocrítica revolucionaria. Sin ella las revoluciones acaban traaicionando.

Por tanto es preciso que los revolucionarios renuncien también a su buena conciencia. "No merecemos nuestra revolución si la conversión no comienza en nosotros mismos, ante todo. Ser revolucionario no es... una coartada: el revolucionario no puede sustituir al hombre".

 

LUIS CAPILLA
 

BIBLIOGRAFIA
 

. GALDONA, Javier. Neoliberalismo y fe cristiana.

. GONZALEZ SEARA, Luís. El poder y la palabra.

. MARTIN, Jacinto. Los cristianos en el Frente Obrero.


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