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LA PASIÓN SEGÚN MIGUEL CHASE-SARDI
El lunes 19, en Asunción, se extinguió, con su muerte, el último resplandor de la llama que durante tantas décadas ardiera en el pecho de Miguel Chase-Sardi, entrañable amigo al que tanto debemos todos los que de un modo u otro asumimos la causa indígena. En mi último encuentro con él, el año pasado, era consciente de que podía ser el último, dado el gran deterioro de su salud, pero creo que ni a mí ni a ninguno de sus compañeros de andanzas tal conciencia sirve hoy para mitigar el dolor de saber que ya no está en este mundo. Poco sé del alborotado militar que fue "Gato" -como cariñosamente se lo llamaba- en su juventud, y nunca pude en verdad imginármelo con el uniforme de esa
casta que tanto contribuyó en América, durante el siglo XX, al sometimiento de nuestros pueblos, con algunas pocas y honrosas excepciones. Cuando lo conocí, en 1974, hacía tiempo que había dejado de ser un militar para volverse un militante de aquello que se convertiría en el eje central de su vida: la causa indígena. Causa a la que la Guerra Fría, con su extrema polarización, no concedía más que un angosto sendero para transitar, en el que era prácticamente imposible, si uno quería ser completamente fiel a la misma, no recibir disparos de una de las partes, e incluso de ambas a la vez, pues el maniqueísmo de la época no entendía las prácticas sociales avanzadas que no estuvieran alentadas por la CIA o la KGB. A ese marco internacional difícil, se sumaba la larga dictadura que tantos años asoló al querido Paraguay, con secuelas que perduran hasta hoy. A pesar de su habilidad política para moverse en tan difícil escenario, Chase-Sardi no pudo evitar finalmente la mano siniestra del régimen, y fue encarcelado varios meses y torturado hasta quitarle, a golpes, parte de su capacidad auditiva. ¿Y cuál era la razón de ello? Haber enseñado a los indígenas, a través del Proyecto Marandú, las principales normas de la Constitución del Paraguay, del Derecho Procesal Penal y sobre todo del Derecho Laboral. Más subversivo del orden existente que los inflamados discursos anti-imperialistas de esa década parecía ser el simple hecho de ir a enseñar a los indígenas, con medios audiovisuales, cuáles eran los derechos que, como ciudadanos, les reconocían las leyes del país, para que los usaran en su favor. Y esto se entiende, pues si los pobres de este mundo pudieran hacer un buen uso de los instrumentos que nuestras imperfectas democracias les reconocen, y se cumplieran al pie de la letra los preceptos constitucionales y legales, poco o ningún marco operativo tendría la opresión en sus distintas manifestaciones. Pero el Proyecto Marandú les enseñó asimismo a organizarse en defensa de esos derechos, lo que era aún más peligroso. Chase-Sardi fue consciente de que estaba realizando una inversión del tradicional objeto de la antropología, ciencia que nació como epifenómeno del colonialismo y que era preciso por lo tanto dar vuelta para ponerla en manos de los oprimidos y al servicio de sus luchas liberadoras. Más que enseñar a la sociedad nacional cómo son y piensan los indios (lo que a menudo fue utilizado para oprimirlos mejor), había que enseñar a éstos cómo es y actúa aquélla, cuáles son las instituciones del país y qué servicios están obligadas por ley a prestarles, que sé puede peticionar ante ellas y de qué manera, y también cómo hacer valer sus derechos cuando éstos son conculcados salvajemente. Tal fue la filosofía y el propósito del Proyecto Marandú, expresado por el mismo Chase-Sardi, pero en su infatigable lucha, que no le dejaba respiro, no tenía el tiempo ni la tranquilidad suficiente (pues además debía trabajar para vivir) para ocuparse del desarrollo de esta nueva concepción de la antropología, que implicaba una teoría y un
método. Por esos azares de la vida, me tocó hacer ese trabajo a mí, en una obra que fue mi despedida de la Antropología Social: La hora del "bárbaro". Bases para una antropología social de apoyo, que salió originariamente en México en 1982, donde tuvo varias ediciones, y luego se reeditó en Buenos Aires. Por eso le decía siempre a Gato que era mi maestro, pero él rechazaba el aserto, alegando que la cosa era más bien al revés, y por tu tono parecía creérselo. Pero me asiste la certeza de que sin la mano de Gato nunca hubiera tomado con tanto empeño el camino que me llevó a escribir mi obra antropológica, quitándole tiempo a la literatura, que fue siempre el eje central de mi vida. Creo que todo comenzó en el Encuentro de San Bernardino, en 1974, donde se puso la primera piedra conceptual de la organización que se formó en 1975, con el nombre de Consejo Mundial de Pueblos Indígenas, con sede en Canadá. Y fue Gato quien me pidió que me ocupara de editar, con algunas notas, el material que en su mayoría me arrimó él, y que eran documentos indígenas de todo el continente. El objetivo de esta obra era mostrar a la comunidad americana que los indios estaban desarrollando su propio pensamiento liberador, y que en consecuencia los antropólogos y otros "ólogos" no podrían en el futuro sentarse a debatir el destino de estos pueblos en ausencia de sus legítimos representantes, como si fueran menores de edad, minusválidos incapaces de decir siquiera qué les dolía al cabo de casi 500 años de dominación colonial. El libro se llamo Por la liberación del indígena. Documentos, y fue -sin que yo mismo lo supiera entonces- el primero de América de este tipo. Apareció en Buenos Aires en 1975. En 1977, como secuela de éste, publiqué en Quito, Ecuador, una segunda recopilación más cuidada: Hacia la autogestión indígena Documentos y testimonios. El Grupo de Barbados, que tanto contribuyó a descolonizar las prácticas antropológicas y misioneras de América, contó con Chase-Sardi desde un primer momento entre sus selectos y escasos miembros. Después de esos años de lucha más activa y agotadora, logradas ya las primeras conquistas, Gato comprendió que llegaba la hora de sentarse a escribir, y publicó varios libros que resultan de gran valor actual y servirán en el futuro cuando se quiera hacer la historia del pensamiento antropológico en Paraguay y América. Quizás su veta más original fue la consagrada a la antropología jurídica, que tan pocos cultores cuenta en el Continente. En este campo publicó libros fundamentales como Derecho Consuetudinario Chamacoco (1987), El Derecho Consuetudinario Indígena y su Bibliografía Antropológica en el Paraguay (1990) y sobre todo El precio de la sangre (1992), que hasta ahora ocupa, a mi juicio, el primer sitio en la materia en Nuestra América. En los últimos años, ya muy enfermo, donó su biblioteca, fotografías y documentos a instituciones de bien público que se ocuparán de preservarlos y ponerlos a disposición de los estudiosos, y se consagró casi por entero a una obra mayor, tanto por sus
planteos y método como por su extensión, dedicada al grupo étnico que más alcanzó a conocer: los nivaclé. La trabajó como un artesano infatigable, destinándole hasta el último aliento de fuerzas que no dejaban de disminuir. La obra llevaba ya más de 1.500 páginas la última vez que lo vi. Verlo doblado ante la computadora, ya consumido y trémulo, me pareció el último acto de una larga pasión, de un camino que transitó de un extremo al otro, desde las luchas de barricada de un hombre que hace sus primeras armas, hasta la sabiduría y serenidad intelectual que la vida, en su justicia, concede a los ancianos, a los que los años sitúan más allá de su propio cuerpo. En esa carrera contra la muerte, Chase-Sardi semejaba un Cristo que, clavado ya en la cruz de su destino, se conduele más por el dolor del mundo que por sus propias miserias. Es deber de todos nosotros abogar para que esa obra mayor de la antropología americana no quede en un cajón de su escritorio, descartada por razones de marketing por los editores, dada su gran extensión y reducido mercado. Como sea, debe salir a la luz, y para ello se podría formar una comisión. Una gran enseñanza que me dejó este hombre apasionado y noble tiene que ver con los principios, con esa materia impalpable y tan humana que llamamos ética. En los momentos más tensos de su militancia, poco antes de que fuera encarcelado y torturado, tuve con él una conversación medular que aún recuerdo bien. Estábamos en una modesta pensión en el fondo del Chaco, estancados por una lluvia que no permitía operar a las avionetas y menos a los vehículos (entones la Transchaco estaba sin pavimentar), cuando le pregunté cómo podía poner tantas caras, manejar tantos pasaportes a la vez, porque era continuamente jaqueado por el Ministro del Interior y los obispos de las distintas iglesias, a lo que se sumaba la necesidad de posar de hombre confiable ante la Embajada de Estados Unidos, sin cuyo respaldo hubiera sido probablemente asesinado, siguiendo una suerte semejante a la de los indígenas que andaban entonces perseguidos por el monte y cazados como animales por los terratenientes, bajo la mirada permisiva del Gobierno, el que ponía a veces militares a su disposición. La pregunta venía al caso, pues se le había ordenado suspender el trabajo y volver a Asunción con todo su equipo, lo que implicaba un grave perjuicio para el proyecto. Optó por ir solo a dar las explicaciones del caso, dejando a su gente en el monte. El me contestó entonces que si fuera para él no pediría nada a ninguno de esos poderes ni desplegaría tan agotador ballet de reverencias, pero que lo seguiría haciendo por los indígenas siempre que fuera necesario, hasta que la cuerda se cortara, porque para ellos era una cuestión de vida o muerte, y no de buena o mala conciencia. La Reforma Agraria se negaba a entregarles gratuitamente la tierra que les pertenecía desde hacía cientos de años. Tenían que comprarla al mismo precio que pagaban las empresas extranjeras, y para comprarlas hacía falta dinero. Con lo que él consiguió con ayuda internacional se pudo
comprar miles de hectáreas, y muchos indígenas parias
se salvaron así de la masacre y la destrucción de su sociedad
y su cultura por destribalización compulsiva. Con esto quería
decirme Chase-Sardi que un bien alimentado, aquel que nunca tuvo realmente
hambre ni pasó por circunstancias muy extremas, no puede trasladar
sus propios esquemas y pruritos a los que sí padecen estas carencias.
En otros términos, me estaba diciendo que a veces era preciso violentar
los propios principios si se quiere trabajar con honestidad por causas
así, por eso de que la necesidad extrema no puede tener ley. Si
la vida de las personas y los pueblos es el bien supremo, no resulta incoherente,
para defenderla, pactar incluso con el Diablo, o más bien hacer
creer al Diablo que uno pertenece a sus falanges. Yo nunca estuve en una
situación tan desesperada como para probarme, pero no dejo de reconocer
esta especie de heroísmo moral, esta otra forma de sacrificio.
Ha muerto Miguel (Gato) Chase Sardi
Por Nilo Cayuqueo
El pasado 19 de marzo dejo existir el Antropólogo y activista por los Derechos Indios, Miguel Chase Sardi en Asunción Paraguay. El Gato Chase, como lo llamaban sus amigos sucumbió después de una larga enfermedad del corazón que lo aquejo por muchos anos. A principios de los noventa fue intervenido quirúrgicamente en Sao Paulo, Brasil donde sobrevivió a esa delicada operación. Desde entonces, sufrió alrededor de cinco intervenciones mas, donde en cada una le volvían a agregar mas By pass a su maltrecho corazón. Esta enfermedad no le impidieron a su generoso corazón seguir luchando por los derechos Indios en Paraguay. Tuve la oportunidad de visitarlo en Asunción en 1995, donde me comento entre bromas y hablando en serio, que su vida estaba pendiente de un hilo. Luego con gran tristeza manifiesto que "el Genocidio en contra de los Pueblos Indígenas en Paraguay ha sido desbastador, y que es compromiso de los que apoyamos a estos Pueblos Oprimidos a seguir apoyando en todo lo que podamos, porque ellos deben sobrevivir". En 1973 después que el Antropólogo alemán, Mark Munzel denunciara un genocidio, mediante la caza de indios en Paraguay en contra de los Ache Guaraní, Chase continuo la denuncia, y a través del Proyecto Marandu en conjunción con la Universidad Católica de Asunción, implemento un trabajo de defensa de los derechos Humanos de los Indios en Paraguay. Estas actividades le costaron la cárcel, difamación y una permanente intimidación por parte de la dictadura del presidente de Paraguay, General Stroenner, y la incomprensión por parte de algunos de sus colegas antropólogos "revolucionarios" , que lo acusaron de "Agente de la CIA" por recibir apoyo financiero de la Inter American Foundation para el Proyecto Marandu.
El Gato Chase no solamente fue un gran defensor de los derechos Indios en Paraguay, sino que también ayudo a hacer las conexiones entre los Indios del Norte y el Sur. En 1974, Gato fue artífice en que los Indios de Sud América nos juntaramos por primera vez, organizando el Primer Parlamento Indio del Cono Sur en San Bernardino, Paraguay, a pesar de la prohibición de llevarlo a cabo por la dictadura fascista de Stroesnner. A esa reunión, Gato invito a los Indios de Canadá quienes vinieron a proponer la formación del Consejo Mundial de Pueblos Indígenas, que luego se formo en Canadá en 1975 y del cual Adolfo Colombres publico un libro "Por la Liberación del Indígena", que mas abajo detalla. En los últimos anos estuvo trabajando incansablemente con los Indios Chamacocos con los cuales publico el libro El Derecho Consuetudinario de los Indios en Paraguay, como un gran aporte a la propuesta de los derechos Indios no solamente en Paraguay, sino también en el resto de América. En 1997 Miguel Chase Sardi fue propuesto al premio Goldman Environmental Prize.
Su esposa Mercedes, y sus hijos reciban nuestra condolencia de los Indios
que siempre recordaremos con cariño al "Gato", nuestro amigo
y aliado incondicional de la causa India.