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Guillermo Delgado.
Edelberto Bonilla, viste terno y corbata, es Presidente del Congreso Nacional. Los indios quichuas de Imbabura, denuncian ante Bonilla constantes atropellos. Un domingo, no sin haber temblado Quito, muere apuñalado el dirigente indio Julio Cabascango secretario de Derechos Humanos de la Federación India y Campesina. Los culpables: bandas paramilitares pagadas por detentores de tierras cooperativizadas. Desde entonces han muerto otros cuatro dirigentes indios.
4 de Abril de 1991, el periodista Diego Cornejo Menacho terminaba
el artículo que tituló "Cabascango callado". La última
frase del artículo dice: "la violencia no es solución y solo
generará más violencia". "Todos han hablado. Inclusive los
cuchillos. Lastima que Cabascango se quede tan
callado". La voz del de Cabascango, "indio levantisco" como le llama
el periodista sin evidente conciencia de la historia india de su país,
sin embargo, circula hoy más allá de las fronteras del Ecuador.
Y apunta esa voz de Cabascango a la irremediable pobreza del Estado nacional ecuatoriano, y de sus clases en él encaramadas. Ya no es solamente el problema del "asentamiento tradicional", ni el oprobio quincentenario de los pueblos profundamente americanos de ese país, sino la necesidad de reflexionar más allá de las eventualidades. Significaría esa reflexión más que la simple formulación, o reconocimiento de la necesidad, de un Estado pluricultural que otorgue el derecho a la autonomía de sus fuerzas internas. No es un problema de ser moderno porque, incluso, esa promesa llegada al Ecuador en cuentagotas, no fue capaz de solucionar para todos el básico derecho a la educación, la vivienda, la salud, la tierra y el derecho a vivir dignamente.
Hablabase, entonces, de la posmodernidad, en este medio donde tendríamos que saltar de los resabios coloniales de Huasipungo (españoles y estadounidenses) para inmiscuirnos en la proyección de la sociedad basada en el mutuo respeto, por sobre los falsos indicadores de las votaciones dizque democráticas.
La violencia quincentenaria hacia las comunidades de raíces andinas, no hace más que fortalecer la memoria secular almacenada en los recuentos de una historia oral que muchos piensan olvidada. Digamos que el alma de Cabascnago, fiel a la creencia andina de que los muertos viven siempre superó las atrofiantes fronteras para dar a conocer las desigualdades sociales y raciales sobre las que se alza el Ecuador de hoy.
Si al Ecuador se le conoce por exportador de bananas, hoy también se le conoce por su firme presencia india ligada a las históricas poblaciones arraigadas en los milenarios Andes, y al prístino Amazonas que cada día menos, es testigo de aquella depredación de quinientos años de la naturaleza.
Así, vive Cabascango. Y con él hablan también
otros nombres: Osvaldo Cuvi, Cayetana Farinango, Eduardo Duchi, Jacinto
Huaylla, Cesar Morocho. Así se mira al Ecuador desde otras latitudes.
Pero el Estado nacional es íncolumne. ahistórico, inerme,
es como si no entendiera que los sistemas estancados se derrumban sino
cambian, Como elemento directriz, así como en otros continentes,
este Ecuador anti-indio, como en el Perú y El Salvador, también
pierde vigencia. Y a su lado crecen las dimensiones autónomas de
la sociedad civil, del derecho sempiterno de las dos herederos/as de la
sociedad andina y amazónica de antaño.