Intervención
de Juan Zurita
(Director
de la Oficina de Derechos Humanos del Ministerio de Asuntos Exteriores)
Es muy de agradecer que el Comité Nacional para el Cincuentenario de las Naciones Unidas y la Federación de Asociaciones de Defensa y Promoción de los Derechos Humanos hayan organizado estas Jornadas. Es bueno que el 50º Aniversario de la creación de las Naciones Unidas dé lugar a conmemoraciones. Se trata sin duda de recordar un hecho altamente significativo en la historia de las relaciones internacionales.
Añadamos fechas: Cincuenta años de las Naciones Unidas. Cuarenta y siete de la Declaración Universal de Derechos Humanos. Treinta de la Convención sobre la eliminación de la discriminación racial. Veintinueve de los Pactos de derechos civiles y políticos y de derechos económicos, sociales y culturales. Dieciséis de la Convención sobre la eliminación de la discriminación contra la mujer. Once de la Convención contra la tortura. Seis de la Convención sobre los derechos del niño. Y sólo dos de la creación del Alto Comisionado para los Derechos Humanos.
Hasta ahí la conmemoración, el reconocimiento del camino recorrido en búsqueda del logro de la dignidad del ser humano y la constatación de que, en la esfera de los derechos humanos, la ONU es mucho más joven de lo que la conmemoración de sus 50 años pudiera suponer.
Sin duda, estos hitos indican el notable avance que, gracias a las Naciones Unidas, se ha logrado para llenar un espacio en el que, a nivel de compromisos globales, la comunidad internacional partía prácticamente de cero.
Pero conviene no olvidar que, sentadas las bases jurídicas para el establecimiento de estándares para el respeto de los derechos humanos, la senda que queda por recorrer es aún mucha.
Por eso, es menos lo que hay que celebrar que lo que merece ser recordado. Y, también por eso, resulta del todo apropiado el carácter de "jornadas de estudio" que los organizadores han dado a. los actos de estos dos días, en lugar de limitarse a celebrar una efeméride.
Observemos el documento fundacional de la ONU. En efecto, su Carta se inicia con las palabras "nosotros, los pueblos de las Naciones Unidas". Lo que entonces respondía a una realidad, por la falta de independencia de numerosos territorios coloniales, hoy podría percibiese como un eufemismo. No eran los pueblos. Eran los Estados, a través de sus Gobiernos, los que firmaban la Carta. Fueron también ellos quienes proclamaron en la Asamblea General la Declaración Universal de Derechos Humanos.
Son los pueblos, son los hombres y mujeres que los integran, los que en muchos lugares del mundo siguen clamando por la aplicación de los derechos reconocidos en los instrumentos internacionales de derechos humanos. Son los individuos los que siguen experimentando en muchos países prácticas tan odiosas como la tortura, padecen discriminación y falta de libertades. Son los hombres y mujeres de muchas sociedades los que continúan reclamando, no sólo el reconocimiento, sino ya el logro efectivo de su dignidad de personas, en lo moral y en lo material: el derecho a obrar con libertad y sin verse sometidos a discriminaciones, pero también el derecho a su desarrollo personal y el de sus pueblos, el derecho a una educación y a una alimentación adecuadas.
Y son los Estados los que, lejos de contentarse con el reconocimiento de unos derechos ya proclamados (lo que sin duda ya es un paso), tienen el deber ineludible de hacer realidad el disfrute de esos derechos y libertades.
Por eso, la labor para el futuro es, además de profundizar en la búsqueda de garantías jurídicas de los derechos ya definidos y de otros aún por definir, lograr la efectiva aplicación de las normas ya existentes. En otras palabras, conseguir una más universal accesión por los Estados a los distintos instrumentos jurídicos internacionales de las Naciones Unidas y un más estricto cumplimiento de sus disposiciones por los Gobiernos de los Estados que ya son partes en ellos.
Ese es el reto de la ONU en materia de derechos humanos. El mismo reto que hace 50 años. El mismo camino, la misma meta.
Sólo cuando ello se produzca a escala universal, las palabras iniciales de la Carta de las Naciones Unidas dejarán de ser una falacia para convertirse en una maravillosa realidad: solamente entonces los Estados y sus Gobiernos podrán decir con verdad "nosotros los pueblos de las Naciones Unidas".