Quiero expresar en unas cortas palabras el sentimiento de los que trabajamos en el área de los derechos humanos en relación con lo que significa históricamente, en la actualidad, y lo que puede significar en el futuro una Organización como las Naciones Unidas. Para ello es necesario echar la vista atrás y reflexionar sobre el origen de la institución, cuáles fueron las causas o la situación histórica que llevó a las naciones a la creación de este organismo y cómo desgraciadamente, por lo menos desde mi perspectiva -a lo mejor un poco pesimista, pues siempre tiene uno la sensación de que estamos a la búsqueda del tiempo perdido, como decía el autor- se han desperdiciado muchas ocasiones, se han gastado muchas energías y el horizonte de la protección universal de los derechos humanos aparece todavía como un futuro. Ciertamente como un futuro realmente esperanzador, pero todavía no palpable en la realidad presente. No habría más que retrotraerse 48 horas para comprobar cómo una organización de tanto prestigio, de tanto arraigo internacional, como Amnistía Internacional publica una vez más su anuario, en donde leemos su perspectiva anual sobre la situación de los derechos humanos en el mundo. Es muy difícil encontrar un país en el que de alguna manera o de otra no se vulnere en alguna parcela, o en algunos casos de lleno, los derechos fundamentales de la persona. Cierto es que el espíritu que alumbró a las Naciones Unidas estaba encaminado según las grandes declaraciones de sus firmantes a erradicar para el futuro todas las lacras, todos los graves fallos que habían dado lugar en un primer momento a la Sociedad de Naciones, tras la 1 Guerra Mundial, y en un segundo momento a la efemérides que ahora estamos celebrando, tras la II Guerra Mundial. A mí siempre me ha llamado la atención el preámbulo de la Declaración Universal de los derechos humanos, que nace en ese contexto de Naciones Unidas y en la que se hace una reflexión, desde el punto de vista de la doctrina católica, de examen de conciencia y dolor de corazón sobre las causas que han originado esa conflagración con millones de muertos, con tragedias sin número y con la destrucción prácticamente total de muchos países. Una de las causas es muy sencilla, puede parecer hasta casi ingenua, y no es otra que el desprecio, la ignorancia o el olvido de los derechos humanos. Esto, que en principio podría parecer como he dicho, y repito, una conclusión un tanto bienintencionada, creo que es la esencia y la base de los conflictos que hoy vivimos. Me preocupa pensar que las Naciones Unidas en este momento -y tenemos una situación muy lacerante muy próxima a nosotros, en nuestro entorno europeo, como es la de la ex-Yugoslavia -vuelcan todos sus esfuerzos en lo que se dicen, y acepto las palabras de los políticos, labores humanitarias, que tratan de poner vendas o parches a la sangría, a la tragedia personal, a la situación de los niños, de las mujeres, a la reconstrucción de los daños causados. Pero nadie pone el acento en el restablecimiento pleno de los derechos humanos. Todas las energías, en una fase, estuvieron enfocadas hacia esas labores humanitarias, ahora parece que el único problema pendiente es la reestructuración de ese complicado mapa, en esa especie de puzzle que es muy difícil de ensamblar. Nadie, o por lo menos un sector mayoritario, no se fija en la vulneración de los derechos humanos y lo que supone, precisamente, ese olvido como causa determinante de todo este conflicto y de toda esa tragedia. Hay un desplazamiento universal hacia la preocupación por labores humanitarias y a mí no me parece mal. Esto demuestra que hay una sensibilidad universal sobre problemas existentes, latentes y lacerantes, pero quizá, y esto sería una tarea de futuro esperanzadora, se olvida o no se pone el acento suficiente en programas de promoción y de implantación de los derechos humanos y de su efectividad. Cierto es, y no me gustaría olvidarlo, que hay un intento de establecer un Tribunal Internacional para juzgar los crímenes contra la humanidad que trataría de castigar las violaciones a los derechos humanos, producidas durante ese enfrentamiento civil. Pero también, por ejemplo, en nuestro país existe una desviación de los objetivos o de las preocupaciones por lo que pudieran ser tareas de apoyo al desarrollo, tareas humanitarias. Están en primer lugar y en vanguardia, y yo no digo que no merecidamente, Médicos sin Fronteras, Arquitectos sin Fronteras, en definitiva asociaciones que tienen una misión de restañar heridas y de parar la sangría, pero que no tienen como objetivo definitivo el que se incrusten en la propia esencia de esa sociedad los derechos humanos. Alguien, no sé si cínicamente, o quizá realistamente, dice que con el estómago vacío es muy difícil hablar de derechos humanos. Creo que esa filosofía no es buena. La democracia no es cara, la democracia solamente necesita un espíritu, y hay ejemplos, cierto es que reducidos, en Africa, en América Latina, en pequeños países sin un gran desarrollo económico, que no ocupan los primeros planos de las sociedades industrializadas, que tienen un aceptable, no digo inmejorable, pero sí un aceptable nivel de convivencia y espíritu democráticos, y de respeto en general por los derechos humanos. Esto yo creo que es la labor para el futuro. Es un objetivo que se debe plantear Naciones Unidas, la promoción de los derechos fundamentales, que no solamente sean un apartado de la letra escrita de los textos constitucionales que de una manera más o menos apresurada se dan o se imponen algunas veces a los pueblos, sino que sean un verdadero espíritu que nazca desde la escuela, desde la formación en la Universidad, desde los medios de comunicación, desde todos los focos que pueden de alguna manera influir en la conciencia de que el respeto a los derechos humanos es la base de una convivencia democrática, sin traumas. Cuando falla esto, precisamente, es cuando tienen que venir las instituciones humanitarias a restañar esa falta de logros y de ideales en cuanto a lo que supone el objetivo fundamental de la democracia y del respeto a los derechos humanos. Creo que deberíamos todos sacar como consecuencia que la Declaración Universal de derechos humanos no solamente debe ser un texto programático, sino que tiene que ser un foco donde se concentren la atención de la Comunidad Internacional, en la voz plural que ésta tiene dentro de las Naciones Unidas, que se propugne este objetivo como algo fundamental para el futuro, y que garantiza en cierto modo esta convivencia. No quiero extenderme más, me congratula cualquier aniversario, cualquier efeméride de una Organización que pretende los objetivos dichos. Es grato celebrarla, pero indudablemente, como se dice en el cartel de las Jornadas, es el futuro de las Naciones Unidas lo que nos preocupa. Lo que ha pasado ahí está, es un punto de reflexión pero es algo que no nos puede hacer volver la vista atrás. Lo que nos tiene que orientar es la consecución de todos los objetivos, de todos los derechos humanos para todos y para todos los pueblos. Muchas gracias.