ANTECEDENTES

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Los antecedentes del Centro Regional de la Red Mujeres del Bajío tienen que ver con el interés y la constancia de Evelyne Sinquin para iniciar y consolidar un trabajo con mujeres en la región, con la intención de promover alternativas de empleo e ir generando algunas fuentes de desarrollo. Todo este trabajo ha sido posible gracias a su labor en el campo de la promoción social, desarrollada durante muchos años con diferentes grupos y sectores rurales. Al lado de Evelyne, Fátima Piña ha crecido no sólo en años, sino también en madurez con el proyecto.

Cecilia Vázquez participó de 1990 a 1993 en la promoción de las empresas de mujeres y posteriormente se retiró para irse a colaborar con una organización social indígena del vecino estado de Hidalgo. Otras personas, como Silvia López, Lilia Álvarez, Luz Elena Verduzco y Miguel Angel Cárdenas, que también participaron en los primeros años, se retiraron, ante la falta de recursos, para trabajar por su cuenta. En el proceso de creación del Centro y de consolidación de la Red de Mujeres del Bajío, Evelyne ha ido incorporando a mujeres de la región, como Fátima, Luz Elena, y, últimamente, Maribel Piña, Verónica Hernández y Leticia Pérez, que coordinaron el programa de contabilidad en 1997 y 1998, pues conocen la problemática local y tienen presencia en la población de los municipios en los que trabaja el CEREMUBA. Actualmente el equipo está conformado por Evelune Sinquin y Fátima Piña:

Evelyne (de origen francés y nacionalidad mexicana):
Llegué a México en 1970 y comencé a trabajar en Quintana Roo, en ejidos mayas, con campesinos desplazados de otras partes del país, que tenían muchos problemas de integración. Hacíamos alfabetización utilizando la metodología de Freyre, ahí descubrí el campo y me gustó. En 1977 - 80, trabajé con indígenas de Chiapas y Oaxaca, productores de café. Los grupos eran de mujeres y hombres, no se hacía un trabajo específico con mujeres.

En Francia, participaba en un sindicato, y en el contexto del Año Internacional de la Mujer, como no nos gustó la forma de los reconocimientos oficiales, empezamos a desarrollar un trabajo alternativo con las compañeras de las empresas. En Europa, en esos años, estaba en auge el movimiento feminista y es en esa coyuntura que descubrí que me identificaba con el trabajo con mujeres.

Ya en México, después de participar en una organización indígena independiente de Chiapas y Oaxaca, trabajé en una investigación de la UNAM sobre desarrollo rural y organización de productores y traté de aprovechar lo que había aprendido de los campesinos del sur del país. En 1984 llegué a Guanajuato, a la Unión de Ejidos "Artículo 27 Constitucional", donde me tocó ocupar la gerencia administrativa de la empacadora de lenteja. Desde esa organización construimos la planta empacadora de lenteja y otros proyectos; mis compañeros, en su mayoría, eran hombres.

En 1987, varios compañeros que estaban en la Unión Nacional de Organizaciones Campesinas Autónomas (UNORCA), me pidieron que coordinara el módulo regional de esta organización en Guanajuato.

UNORCA encargó posteriormente a Evelyne que apoyara la línea de trabajo con mujeres y el equipo de promotoras que se había constituido para tal finalidad, primero a nivel regional y, luego, a nivel nacional.

Fátima:
Cuando empecé con Evelyne no pensaba en qué significaba lo que hacía, era un trabajo y ya, pero en el camino he cambiado, tanto yo como mi familia; fui cambiando en mi manera de pensar y de actuar con las mujeres, me abrí más, buscando alternativas, construyendo algo juntas. Yo pensaba de manera tradicional, con mi mamá era una tirana, pero en el trabajo con las mujeres encontré el sentido, el por qué, desde mí misma busqué las oportunidades de salir, estudiar... Con las compañeras de los grupos ha sido muy lindo, yo no lo cambiaría por trabajar en otro sector, a las mujeres del campo se les menosprecia y yo creo que tienen mucho potencial.

EL SURGIMIENTO DE LA RED DE MUJERES DEL BAJÍO, A.C.

En 1990, UNORCA impulsó, con Evelyne, Cecilia, Luz Elena, Silvia, Miguel y Lilia, el trabajo organizativo de las mujeres en los ejidos de las Uniones donde tenía presencia. Realizaron un diagnóstico para definir con las involucradas el perfil de sus proyectos, teniendo como punto de partida sus intereses y un mínimo estudio de mercado. Esta investigación mostró que el aspecto económico era una de las necesidades más sentidas, por lo que empezaron a elaborar proyectos de creación de empresas sociales, como alternativas de generación de ingresos para las mujeres.

Paralelamente, se constituyeron legalmente los grupos y se inició la búsqueda de financiamientos, que en esta primera etapa se consiguieron sin problemas excesivos en distintas dependencias públicas, como la Secretaría de Reforma Agraria (SRA), la Secretaría de Desarrollo Social (SEDESOL), el Fondo Nacional de Empresas en Solidaridad (FONAES) y la Distribuidora Nacional CONASUPO (DICONSA). Para 1992-1993 ya operaban la mayoría de las empresas actuales de la Red.

Paradójicamente, es en este tiempo cuando Evelyne empezó a tener contradicciones con algunos de los coordinadores de UNORCA. En un principio quiso seguir en la organización, pero las relaciones se hicieron cada vez más tensas y el presupuesto se fue reduciendo en la medida que se acentuaba el conflicto. Le costó un año decidirse a presentar su renuncia a la Coordinadora Nacional y anunciarlo tanto a sus compañeras más cercanas como a las de otras regiones. Las mujeres de Guanajuato le pidieron que continuara apoyándolas y, juntas, optaron por constituir una asociación civil, que se creó formalmente en enero de 1995 con el nombre de Red Mujeres del Bajío.

A lo largo de cuatro años, el equipo de Guanajuato fue desarrollando un intenso y sostenido trabajo de investigación del medio, promoción de grupos, elaboración de proyectos productivos, gestión de créditos, asesoría y capacitación permanentes. Esta acción tuvo por resultado la creación de varias empresas sociales: cuatro tortillerías, dos panaderías, cinco molinos, dos talleres de costura y una tienda de abasto, manejadas íntegramente por mujeres rurales. Cuando sus 92 socias y tres asesoras acordaron, en 1995, formalizar sus relaciones de apoyo mutuo entre ellas en el marco de la Red Mujeres del Bajío, concibieron a la asociación como un espacio propio y autónomo de partidos y centrales campesinas: Para las compañeras, la separación con UNORCA no fue un problema, la vinculación existía más con nosotras como personas que con instancias de la organización que estaban lejos de su cotidianidad. Además, insistimos en que los grupos podían seguir participando en los eventos de UNORCA o de cualquier otra central campesina que consideraran convenientes. La integración en la Red nunca fue excluyente. Para nosotras, la ruptura sí fue difícil, nos afectó; es duro, pero también se crece.

Los retos que se planteaban en aquel momento fueron, principalmente, dos:

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