TRABAJO

Como ha sucedido en otros países de América Latina, las mujeres han contribuido al desarrollo socioeconómico de Perú por diversas vías, siendo las dos fundamentales el trabajo doméstico y el empleo en actividades referidas al mercado económico. Dicha participación femenina ha estado condicionada por las características del proceso de desarrollo peruano y por su condición específica de género.

Ahora bien, como también ocurre en toda la región, el problema es que, por diversas razones, esa contribución de las mujeres es sólo parcialmente visible. Básicamente, porque nada más que las actividades convencionalmente consideradas como económicas forman parte de las cuentas nacionales. Los intentos realizados por medir el aporte a la economía nacional del trabajo doméstico no han conseguido modificar las convenciones vigentes. Por otra parte, tampoco resulta fácil saber cómo podría ser retribuido ese tipo de trabajo, así como no ha concluido la discusión acerca de si con ello mejoraría la condición de las mujeres.

De esta forma, la participación de las peruanas en el desarrollo adquiere visibilidad fundamentalmente cuando puede ser medida en términos de actividad económica. Ello, sin embargo, presenta una seria dificultad en ciertos sectores, como el agrícola, donde los trabajados domésticos y los dedicados al mercado no siempre se distinguen fácilmente. Ante esta dificultad, tanto las propias mujeres como los medios de encuesta optan por considerar que los trabajos que realizan ellas son tendencialmente domésticos, con lo que suelen inclinarse a registrarse como dueñas de casa, es decir, como económicamente inactivas.

Esta inclinación social procede también y, desde luego, de antiguos patrones culturales que fueron estableciendo una división sexual del trabajo, según la cual a las mujeres les corresponde la responsabilidad del trabajo doméstico y a los hombres el desempeño de actividades propiamente económicas y, en general, públicas. Aunque esta división se ha flexibilizado últimamente, todavía se considera que los trabajos del hogar y la familia son responsabilidad fundamental de las mujeres, independientemente de si participan o no en el mercado laboral.

En realidad, una proporción apreciable de las mujeres peruanas ha trabajado siempre directamente como parte de la fuerza laboral activa. La visibilidad de esa circunstancia ha ido creciendo conforme aumentaba la cantidad de mujeres asalariadas y en la medida que incrementaban su actividad mercantil generadora de ingresos, tanto en las zonas urbanas como en las rurales.

Al inicio de los años noventa, se estima que un 40% de la Población Económicamente Activa, PEA, de Perú está compuesta por mujeres, lo que significa que en torno a la mitad de las mayores de 14 años está efectivamente inserta en la PEA. Ciertamente, esa tasa de participación es todavía menor que la de los hombres, quienes se registran trabajando en un 75% de los que están en edad de trabajar. No obstante, es necesario recordar el grado de subregistro en la participación laboral femenina, que se produce por las razones ya mencionadas.

Existen algunas dificultades para medir con precisión la participación económica femenina en Perú, que guardan relación con varios hechos: en primer lugar, el que los Censos de Población son los únicos que hasta ahora abarcan de forma apropiada el conjunto del país, pero dado que no es su objetivo la información sobre empleo, registran mal el trabajo socialmente considerado como secundario, es decir, el de las mujeres (además de que el último Censo ya queda desactualizado, porque es de 1981). En segundo lugar, porque las Encuestas de Hogar, que tienen un cuestionario más amplio sobre empleo y registran mejor la participación femenina, no son de cobertura nacional, o cuando lo intentan no son comparables, resultando así que las series más consistentes son las referidas a Lima Metropolitana (ver sobre fuentes y comparabilidad, capítulo Observaciones Metodológicas).En todo caso, es necesario señalar que todas las fuentes disponibles coinciden en un punto: el enorme crecimiento de la PEA femenina peruana. Según CELADE, en los últimos veinte años (entre 1970 y 1990) dicha PEA creció un 143,5%, más que la PEA masculina, que lo habría hecho en un 116,4% en ese mismo período.

Debido también a las pautas culturales existentes, las mujeres se ocupan en segmentos diferentes a los ocupados por los hombres: lo hacen principalmente en la rama de servicios, en primer lugar como comerciantes y vendedoras, muchas de las cuales son cuentapropistas y forman parte del sector informal de la economía; en segundo lugar como empleadas de los servicios, en buena medida como empleadas del hogar; y en tercer lugar como empleadas de oficina (todo ello en la rama de servicios). Los hombres, en cambio, se reparten más regularmente por todos los sectores de la economía, tanto en las zonas urbanas como en las rurales.

Destaca, no obstante, como en el resto de América Latina, la alta proporción de técnicas y profesionales que presenta la PEA femenina, en torno al 13%, ligeramente superior a la masculina, sobre el 11%, si bien buena parte de estas mujeres se ocupa en profesiones tradicionalmente femeninas, como enfermeras, profesoras, etc., (lo que no le resta el carácter de profesionales).

La PEA femenina peruana se encuentra en un proceso de elevación de su nivel educativo, alcanzando ya a la PEA masculina, aunque es necesario destacar que ese proceso se encuentra mucho más avanzado en la mayoría de los países latinoamericanos, donde la PEA femenina ha superado ya el nivel educativo de la masculina.

Las mujeres ocupadas obtienen, como en toda la región, ingresos menores que los de los hombres por concepto de trabajo económico. De igual forma, están sufriendo más problemas de empleo que los varones, tanto en términos de desempleo abierto como de subempleo. En general, la problemática del empleo femenino depende mucho más de la consideración social como trabajo secundario que recibe y de su segmentación por razones de género.