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Las mujeres han participado en el desarrollo socioeconómico de Panamá por distintas vías, siendo las dos principales el trabajo doméstico y el empleo en las actividades del mercado económico. Esa participación femenina ha estado enmarcada por los procesos sufridos por el modelo característico del país, así como por su específica condición de género.
Como sucede en toda América Latina, esa contribución de las mujeres está fuertemente velada, por distintas razones. Ante todo, porque sólo las actividades que convencionalmente se consideran económicas forman parte de las cuentas nacionales. Los intentos realizados -en distintos países- para medir la contribución del trabajo doméstico a la economía nacional no han conseguido modificar esas convenciones. Asimismo, tampoco ha concluido la discusión acerca de si ese tipo de trabajo podría ser remunerado de alguna forma, y si con ello mejoraría la condición general de las mujeres.
En suma, la participación en el desarrollo de las panameñas sólo adquiere visibilidad fundamentalmente cuando puede ser medida como actividad económica. Ello representa una seria dificultad en algunos sectores, como el agrícola, donde las tareas domésticas y las dirigidas al mercado no se distinguen siempre fácilmente. Con mucha frecuencia, las propias mujeres tienden a considerarse como dueñas de casa (donde se incorporan tareas agrícolas cotidianas, como cría de ganado, cuidado de huertas, etc.), lo que, al lado de los problemas de registro, hace que queden finalmente fuera de la Población Económica-mente Activa (PEA). Esta tendencia al subregistro se acentúa en los Censos, por cuanto éstos no persiguen como objetivo principal la producción de informaciónsobre empleo.
Esta inclinación de las instituciones estadísticas y de las propias mujeres tiene sus orígenes en antiguos patrones culturales, según los cuales existe una determinada división del trabajo: las mujeres tienen como responsabilidad central el trabajo doméstico y los hombres la actividad pública y propiamente económica. Es cierto que esta división tradicional del trabajo se ha flexibilizado en forma apreciable, aunque aún sigue considerándose a nivel social que las mujeres tienen bajo su responsabilidad el cuidado del hogar, independientemente de si participan o no en elmercado económico.
En todo caso, una proporción importante de la población femenina ha participado siempre, desde la Colonia, en las actividades consideradas directamente económicas. En los últimos decenios esa proporción ha ido haciéndose cada vez más visible, tanto por una mayor participación real de las mujeres como por cambios en las pautas culturales que facilitan captar mejor el empleo femenino.
A comienzos de los años noventa las mujeres representan más de un tercio de la PEA nacional y su tasa de participación se ha elevado considerablemente: en 1991 trabajaba un 38,2% de las mayores de 15 años. Esa tasa es todavía bastante menor que la de los hombres, que se sitúa cerca del 80%, pero en el contexto latinoamericano es una de las tasas femeninas más elevadas.
La composición del empleo femenino está condicionada por las características del modelo económico panameño y en especial por su sistema oferente de servicios financieros y comerciales al mercado mundial. Por esa razón, la proporción normalmente alta de latinoamericanas que trabaja en el sector servicios es mucho mayor en Panamá: un 81,2% de las ocupadas según la Encuesta de Hogares de 1991. Ciertamente, la proporción de hombres que se ocupan en servicios es alta (un 57,2% en 1991), pero su empleo está más repartido entre la agricultura (27%) y la industria (14,2%). También es importante el hecho de que la mitad de las ocupadas mujeres se emplea en el sector público.
La gran participación de mujeres en el sector servicios se divide en tres bloques -de un tercio aproximadamente- según su nivel de cualificación. El primer bloque está formado principalmente por las empleadas domésticas, de limpieza y otros servicios no cualificados. El segundo bloque lo componen las empleadas de comercio, hostelería, telefonistas y secretarias poco cualificadas. El tercer bloque lo forman las oficinistas más cualificadas y la mayoría de la gran cantidad de técnicas y profesionales que presenta la PEA femenina en Panamá.
Este último aspecto es otra de las características que definen el perfil de la ocupación femenina panameña: si la proporción de técnicas y profesionales es ya más alta en la PEA femenina que en la masculina de casi todos los países latinoamericanos (un promedio del 12% frente al 9% de los varones), ello se acentúa notablemente en Panamá, donde esa proporción es de cerca del 21% de las ocupadas y no llega al 9% entre los hombres ocupados.
Estas particularidades del empleo femenino panameño no ocultan la segmentación por sexo existente en el conjunto de la ocupación, producida principalmente por dos fenómenos: por un lado, el hecho de que las mujeres son una reducida minoría en los cargos de mayor poder y propiedad, y por otro, el que, si bien las panameñas han ocupado buena parte del empleo en el sector dinámico de servicios, todavía han avanzado poco en los empleos tradicionalmente mascu-linos de las otras ramas productivas (arquitectos, ingenieros, etc.).
En concordancia con las características del empleo femenino en este país, se produce una acentuación del hecho latinoamericano de que la PEA femenina tiene ya un nivel de estudios superior al de la masculina: en 1991 un 30% de las ocupadas había adquirido estudios superiores, mientras lo había hecho sólo un 15% de los ocupados. Ello no impide que el promedio de ingresos que reciben las mujeres por concepto de trabajo sea todavía inferior que el de los hombres, aunque estas diferencias salariales sean menores que en otros países latinoamericanos: en 1991 el ingreso promedio femenino era el 87% del masculino.
El crecimiento de la actividad económica femenina ha tenido lugar conforme se incrementaban los problemas del empleo en Panamá. Desde la crisis de 1982-1984 el desempleo creció hasta alcanzar un quinto de la PEA nacional. En este contexto, el desempleo femenino ha sido constantemente mayor que el masculino. A inicios de los años noventa, el desempleo femenino seguía creciendo mientras comenzaba a remitir el masculino: las tasas eran del 22,6% para las mujeres y 12,8% para los varones. Ello guarda relación con el recorte que está sufriendo el empleo público en el país.