SALUD

La situación de salud de las mujeres panameñas ha mejorado en forma apreciable en los últimos cuarenta años, situándose entre los países de América Latina que presentan un cuadro más positivo al respecto. No obstante, todavía pueden apreciarse algunos problemas de cobertura, especialmente en el área rural, además del deterioro en las condiciones básicas y el sistema de salud causado por la crisis de los años ochenta y principios de los noventa.

El avance de la situación de salud en Panamá se debió a la conjunción del desarrollo de los tres factores principales: el mejoramiento de las condiciones sanitarias generales (habitacionales, nutricionales, etc.) conforme tenía lugar el desarrollo socioeconómico, la ampliación y robustecimiento del sistema de salud, sobre la base del esfuerzo fiscal, y todo ello en el marco de un cambio importante de carácter demográfico, que normalmente tiene como efecto la transformación del cuadro epidemiológico.

El hecho de que Panamá se encuentre en una fase avanzada de su transición demográfica, significa que ha disminuido la proporción de jóvenes y que su ritmo de crecimiento poblacional ha descendido, lo que implica que van cobrando peso las afecciones referidas a las personas adultas y mayores, frente al predominio que tenían los problemas materno-infantiles a mediados de siglo. Ahora bien, dado que todavía existe una gran cantidad de población en edades reproductivas, el número de nacimientos sigue presentando un crecimiento (lento), pese a la caída de la tasa de fecundidad. Es decir, como sucede en otros países de características similares en este plano, la vecina Costa Rica por ejemplo, el reto sanitario de Panamá consiste en ir reorientando su cobertura hacia la salud de adultos y mayores sin descuidar la necesidad de completar la cobertura sanitaria materno-infantil.

El otro factor que influyó de forma importante en el avance de la situación de salud fue la mejoría de las condiciones sanitarias básicas: en 1970 las tres cuartas partes de los hogares panameños estaban conectados a una red de agua potable, y un porcrntaje similar poseía algún sistema eficaz de eliminación de excretas, si bien ese año la pobreza afectaba a cerca del 40% de la población (aunque menos de un 20% se encontraba en situación de indigencia). Es decir, en un país que aún contenía niveles importantes de pobreza tuvo lugar una temprana modernización de infraestructura. Este cuadro peculiar mejoró apreciablemente durante los años setenta como producto de las reformas impulsadas por el proyecto nacionalista de los oficiales encabezados por Torrijos.

Pero además de estos factores estructurales, el mejoramiento de la salud panameña también fue producto directo de una ampliación apreciable del sistema de salud, basado fundamentalmente sobre el Ministerio de Salud y la Caja de Seguridad Social. En especial durante la década reformista de los setenta, el cauce financiero dedicado a salud fue notable: en 1980 el gasto en salud por persona ascendía a 57 dólares USA, uno de los más altos de América Latina.

El ritmo de este avance disminuyó ostensiblemente durante los años ochenta, debido a las crisis económicas y de Estado que recorrieron el decenio. Ese freno en el desarrollo, por cierto, tuvo efectos desiguales en los distintos aspectos de la salud. En algunos de ellos se notó menos la década crítica, porque su evolución se refiere a factores de plazo amplio, como es el caso del efecto no reversible que tiene en la salud el aumento de la educación en las mujeres. Pero en otros aspectos, como el de las condiciones de consumo (alimentario, etc.) sí se apreciaron los efectos de las distintas crisis. De hecho, la pobreza había aumentado en alguna medida al concluir la década: según CEPAL, en 1980 afectaba al 36% de los hogares panameños, cifra que era del 38% en 1990. La crisis fiscal afectó notablemente el gasto en salud, que se redujo a un tercio durante el decenio: en 1988 dicho gasto por persona se había reducido a 18,4 dólares USA.

Ciertamente, los cambios en las condiciones de salud afectaron de forma distinta a mujeres y hombres, de acuerdo a sus respectivos papeles de género. En general, durante las últimas cuatro décadas las mujeres fueron ganando más expectativa de vida que los hombres, debido principalmente a los cambios en los patrones de mortalidad, mucho más que a los de morbilidad. Es decir, no es que las mujeres se enfermen menos que los hombres sino que mueren menos que éstos, especialmente desde que -como sucedió en toda la región con la urbanización y la industrialización- aumentó poderosamente el número de decesos masculinos producto de traumatismos fatales (accidentes de tránsito, laborales, además de un nivel no bajo de agresiones y autoagresiones).

El cuadro epidemiológico femenino también varió apreciablemente, dándose en estos cuarenta años un doble movimiento: por un lado, el descenso de los problemas procedentes del proceso obstétrico, y por otro, el aumento de las enfermedades propias de mujeres adultas y mayores, las cardiovasculares y, sobre todo, la mayor relevancia de los tumores malignos, muchos de ellos situados en el aparato reproductivo y en una elevada proporción enteramente prevenibles.