EDUCACIÓN

La situación educativa de las mujeres nicaragüenses ha mejorado apreciablemente en las últimas décadas, aunque todavía presenta deficiencias considerables. Dicho avance se fue dando a un ritmo lento hasta mediados de los años setenta, para acelerarse posteriormente, en especial durante el primer quinquenio de los ochenta.

Las políticas educativas de los ochenta introdujeron cambios importantes para la población en general, pero en particular favorecieron la participación de los sectores peor dotados hasta entonces, como la población de bajos ingresos, la población rural y la población femenina. La situación de guerra, si bien vino a alterar negativamente esta dinámica, especialmente en el caso de los hombres, supuso un aumento circunstancial de la participación educativa de las mujeres en relación a la de los varones (sobre todo en la educación secundaria y superior).

Los niveles de analfabetismo de la población nicaragüense son moderadamente altos, afectando todavía en 1992 a un 24% de la población de 10 años y más. Pero se produjo un notable descenso desde los años setenta, cuando aún esa cifra superaba el 40%. En esta evolución se pone de manifiesto el efecto de la campaña nacional de alfabetización de 1980 y de los programas gubernamentales que siguieron, de ampliación de la cobertura del sistema educativo tradicional y de programas especiales de educación de adultos, que produjeron una sensible aceleración de la reducción de las tasas. Este impulso fue frenado, primeramente, por los conflictos bélicos y seguidamente por la crisis económica. Las mujeres presentan una evolución de la proporción de analfabetas un poco más lenta que la de los hombres. El mayor problema, como en otros países de América Latina, se encuentra en el campo, donde el porcentaje de analfabetos era del 39% en 1992. Esta situación perdura, a pesar que el impacto de los programas educativos haya sido mayor que en el área urbana.

El desarrollo educativo de la población ha venido conformando una estratificación de tipo piramidal, con una base ancha formada por las personas de 15 años y más que no superaron el nivel primario (el 70% en 1992), un tronco compuesto por aquellos que adquirieron algún grado de estudios secundarios (26%) y una cúspide muy estrecha de los que cursaron algún grado de ese nivel educativo (4,2%). Las mujeres han tenido menos acceso que los hombres a los estudios superiores (3,6% frente a 4,9%) y mayor en los estudios secundarios (27% contra 25%). En la base su comportamiento es similar, teniendo ambos sexos un alto porcentaje de personas sin ninguna instrucción (casi un 30%).

La matrícula primaria tuvo un crecimiento significativo entre 1975 y 1992, debido tanto a la ampliación de la cobertura como al fuerte crecimiento demográfico que aún presenta Nicaragua. En este contexto, las mujeres constituyen la mitad de la matrícula. Ahora bien, a causa del déficit educativo histórico y a la integración temprana a la vida activa, muchas veces incompatible con los horarios escolares, los dos sexos tienen serios problemas de sobre-edad (14% en primaria) y de abandono de estudios (18%).

Como en otros países latinoamericanos, el rendimiento escolar femenino es superior al masculino y las mujeres tienen una menor proporción de abandono, tanto en la primaria como en la secundaria.

El crecimiento de la participación femenina en la enseñanza secundaria, que venía manifestándose desde los años setenta, tuvo una agudización extrema con la guerra, lo cual produjo una verdadera feminización de la secundaria: en 1985 las mujeres eran el 70% de la matrícula de segundo nivel. A ello contribuyeron la movilización militar de los jóvenes y, sobre todo, la emigración de éstos para evitar dicha movilización forzosa. Con el fin de la guerra, la composición por sexo de la secundaria ha regresado a cifras más paritarias: en 1992 las mujeres representaban el 53,2% del total de estudiantes de este nivel.

La capacitación técnica ha descendido en importancia. La composición por sexo de ésta, según elección de áreas de estudio, reproduce los patrones tradicionales de división de tareas, teniendo más peso las mujeres en la profesiones tradicionalmente femeninas.

La participación femenina en la educación superior ha tenido una evolución notable, no solamente por su incremento numérico y por su representación frente al otro sexo (34% de mujeres en 1975 y 52% en 1992), sino también en cuanto a la elección de carreras. La distribución por carreras antes de los años setenta presentaba un perfil muy clásico. En el transcurso de los ochenta, se realizó una transformación bastante brusca de esta segmentación, incrementándose ostensiblemente la participación femenina en ingeniería, agronomía, arquitectura y medicina (no enfermería) y abandonando humanidades y ciencias de la educación. En 1992 se registra un regreso de las mujeres a las humanidades y ciencias de la educación, pero se mantiene un incremento en carreras tradicionalmente masculinas: ingeniería, agronomía y economía.

Estos cambios generales en la situación educativa de las mujeres se han producido sin una modificación paralela de los procesos de socialización educativa. Un estudio sobre los textos escolares producidos durante los años ochenta muestra que la presencia masculina sigue siendo predominante (las mujeres son menos de un tercio de las figuras y los textos), así como continúan reproduciéndose los roles y estereotipos de ambos géneros, no sólo en cuanto a las actividades que ejerce cada uno sino también a los rasgos de carácter que representan.

De igual forma, la composición por sexo y la distribución de los recursos humanos del sistema educativo por niveles, refleja la realidad social de las mujeres nicaragüenses, numerosas en la base de la sociedad, pero minoritarias a medida que aumenta el nivel de poder social. Las docentes mujeres son casi la totalidad en el preescolar y el 85% de los docentes de primaria, pero sólo el 36% de los de las universidades en 1992.