![]()
Las mujeres mexicanas, que representan la mitad de la población (50,1%), han modificado apreciablemente sus características demográficas en las últimas cuatro décadas, producto tanto del cambio demográfico general, como de factores que -como en el caso de la fecundidad- están referidos directamente a su propio desarrollo vital.
En cifras promedio, las mujeres de México son ya mayoritariamente urbanas, principalmente adultas jóvenes (y no jóvenes como lo eran todavía en 1970) y desde 1950 han reducido a la mitad el número de hijos que tienen durante su vida fértil.
En los últimos cuarenta años la población mexicana se triplicó, pasando de más de 27 millones de personas en 1950 a más de 84 millones en 1990. Durante este período la composición por sexo de la población varió muy ligeramente: las mujeres eran el 50,1% de los habitantes a mediados de siglo, descendieron al 40,9% en 1970 y volvieron a ser el 50,1% en 1990.
Como en otros países latinoamericanos, esta población no se reparte de manera uniforme por todo el territorio nacional (de casi dos millones de kilómetros cuadrados), quedando zonas prácticamente despobladas y existiendo fuertes concentraciones en algunos núcleos urbanos, especialmente en el área metropolitana de su capital, Ciudad de México. En esta zona viven más de quince millones de habitantes, lo que no significa una proporción tan alta de la población total (18% en 1990) como en otros países latinoamericanos (en el Cono Sur esa proporción es mucho mayor, entre un tercio y la mitad), pero en cifras absolutas representa la ciudad mayor del continente y una de las megápolis más populosas del mundo, cuyo crecimiento continúa siendo alto hacia el siglo XXI.
El crecimiento poblacional de México presenta, en líneas generales, dos etapas desde 1950. La primera, hasta mediados de los años sesenta, de fuerte crecimiento demográfico, con una tasa anual promedio del 3,2%. La siguiente, desde la segunda mitad de los sesenta hasta la fecha, de reducción progresiva de este crecimiento, lentamente durante los años setenta y en forma más rápida en los ochenta, debido principalmente a la caída de la fecundidad. A comienzos de los años noventa se estima que la tasa anual ha descendido al 2,0%.
Es importante consignar que la emigración internacional ha ido convirtiéndose en un factor de reducción de ese crecimiento demográfico: el saldo neto negativo en los cincuenta se estima en medio millón de personas, hasta que en los setenta se estabiliza en más de un millón por década, como también sucedió durante los ochenta. Este flujo migratorio es mayoritariamente masculino: a comienzos de los años noventa se estima que un 57% de los emigrantes corresponde a varones.
En todo caso, el factor principal de reducción del crecimiento poblacional en las últimas décadas se refiere a la caída de la fecundidad. A comienzos de los años cincuenta el número promedio de hijos que tenía una mujer durante su vida fértil (tasa global de fecundidad) era cerca de siete, cifra que se había acercado a tres al inicio de los años noventa.
Esa cifra promedio se desglosa según factores diferenciales: las mujeres rurales y las pobres tienen hoy el doble número de hijos que las mujeres urbanas y de clase media. Esa diferencia es aún mayor entre las mujeres sin escolaridad (tasa de 6,14) y las que han realizado estudios medios o superiores (tasa de 2,51).
Estos procesos han cambiado notablemente la composición etaria de la población mexicana. Si en 1970 se estimaba que un 46,7% de esa población tenía menos de 15 años, tal cifra había disminuido al 38% en 1990. Las diferencias por sexo en este plano no son muy fuertes, aunque apreciables: la proporción de jóvenes es algo mayor entre los varones y sucede lo contrario con la de personas mayores entre las mujeres (en 1990 las mayores de 60 años eran el 6,1% de la población femenina y el 5,1% de la masculina).
Todos estos factores indican que México se encuentra en una fase intermedia de su transición demográfica, en el sentido general que tiene esa fase actual en la región: el paso de una población joven y de crecimiento rápido a otra madura y de menor crecimiento. México se halla entre los países de ese estadio de transición, que además presentan una mortalidad baja en términos relativos y una natalidad moderada en vías de ser baja.
Esto quiere decir que en el inmediato futuro el crecimiento va a ser mayor en los tramos adultos de la estructura etaria, entre 15 y 55 años, lo que significará aumento en las necesidades sociales correspondientes (vivienda, tipo de salud, etc.), además de fuertes presiones sobre el mercado de trabajo.
Existe en México una cantidad importante de población indígena, diferenciada en más de 50 grupos con lenguas y culturas propias. Su volumen total es difícil de calcular, puesto que lo que recogen los censos de población es la cantidad de personas que usan lenguas indígenas. En 1990 se estima que había más de cinco millones de personas mayores de cinco años que hablaban esas lenguas, es decir, algo menos del 8% de la población total. La casi totalidad de esa población se sitúa en determinadas entidades federativas (Chiapas, Guerrero, Hidalgo, México, Oaxaca, Puebla, Veracruz y Yucatán), en las cuales los indígenas superan con frecuencia el 25% del total de habitantes.
Una proporción apreciable de los más de 16 millones de hogares mexicanos está dirigido por una mujer. En 1990 era de 17,3%, lo que significaba en torno a tres millones de hogares. No obstante, existe coincidencia en cuanto al subregistro de la jefatura femenina, dada la tendencia cultural en las declaraciones a asimilar la identidad masculina con la función de jefatura. La estructura etaria del conjunto de jefas de hogar, así como otros datos, muestran que existen en esa jefatura conjuntos diferenciados que necesitan identificarse segmentadamente, especialmente al momento de diseñar políticas públicas para ese tipo de hogares.