TRABAJO

Las mujeres han participado en el desarrollo socioeconómico de Ecuador por distintas vías, siendo las dos fundamentales el trabajo doméstico y las actividades dedicadas al mercado económico. A su vez, dicha contribución ha estado condicionada por los cambios generales del desarrollo, así como por su propia condición de género.

Como en el resto de América Latina, la cuestión consiste en que, por diferentes causas, esa participación de las mujeres es sólo parcialmente visible. Ante todo, porque únicamente las actividades convencionalmente consideradas económicas se integran en las cuentas nacionales. Las tentativas realizadas para medir la contribución del trabajo doméstico a la economía nacional no han modificado las convenciones al respecto. Como tampoco ha concluido la discusión sobre si ese trabajo podría ser retribuido y si con ello mejoraría la condición general de las mujeres.

De esta forma, la participación de las mujeres en el desarrollo adquiere visibilidad fundamentalmente cuando puede medirse como actividad económica. Ello resulta un problema cuando en ciertos ámbitos, como el agrícola, las tareas domésticas y las dirigidas al mercado no se distinguen fácilmente. Con frecuencia, los medios de encuesta y las declaraciones de las propias mujeres se inclinan a considerar que las mujeres rurales son sólo dueñas de casa. Ese tipo de registro se agudiza cuando el cuestionario dedicado al capítulo empleo, como sucede en los censos, es más bien reducido.

La inclinación a considerar a las mujeres como económicamente inactivas procede también de antiguas razones culturales, que consolidaron una división sexual del trabajo según la cual se les atribuye a ellas la responsabilidad del trabajo doméstico y a los hombres la actividad considerada pública y propiamente económica. Y aunque esa división se ha flexibilizado, hasta hoy se supone socialmente que las mujeres deben realizar las tareas domésticas, más allá de que participen o no en el mercado laboral.

De hecho, una proporción de la población femenina ha trabajado siempre para el mercado económico. La visibilidad de esta circunstancia en Ecuador se ha ido haciendo mayor conforme las mujeres se han ocupado como asalariadas y han incrementado su actividad mercantil no asalariada, tanto en las zonas urbanas como en las rurales.

Así, se estima que más de un tercio de la fuerza laboral de Ecuador está constituida por mujeres. Sin embargo, la medida precisa de esa proporción es difícil de establecer, por cuanto los datos actualizados sobre empleo proceden de Encuestas de Hogar, cuya área de cobertura es únicamente urbana. Sólo en 1979 fueron realizadas encuestas que captaban cifras de empleo en la ciudad y en el campo; de acuerdo a éstas, las mujeres eran un 33% de la fuerza laboral urbana y un 36% de la rural. El resto de la información nacional procede de los censos, que, como se indicó, subestiman la participación económica de la mujer (según el Censo de 1990 las mujeres superaban levemente el cuarto de la fuerza laboral ecuatoriana). Por otra parte, hay que subrayar que existen notables diferencias según las regiones del país. En lo que coinciden todos los registros, censos y encuestas, es en que la participación laboral de las mujeres ha crecido notablemente en los últimos veinte años.

Por razones que se relacionan con la mencionada división sexual del trabajo, las mujeres ejercen tendencialmente ocupaciones diferentes a las que realizan los hombres. Ellas se ocupan principalmente en servicios personales y como empleadas de oficina y vendedoras. Sin embargo, destaca -como en otros países de América Latina- la apreciable proporción de técnicas y profesionales. No obstante, al igual que en otros ámbitos de la vida social, las mujeres son minoritarias en cargos de dirección y poder empresarial.

La creciente participación económica de las mujeres ha tenido lugar, tanto en la década de crecimiento de los años setenta, como en la de crisis económica de los ochenta, a pesar de que en esta última las mujeres han enfrentado serias dificultades para acceder al mercado de trabajo, con tasas de desempleo que han doblado las presentadas por los hombres.

Aunque las mujeres ecuatorianas han mejorado sustantivamente su situación educativa, en especial las que forman parte de la PEA, aún sufren condiciones de trabajo peores que los hombres y reciben menores ingresos. Todo indica que estas dificultades guardan cada vez menos relación con la educación formal de las mujeres ecuatorianas, y más con la falta de capacitación adecuada y la segmentación en que incurren cuando eligen carrera profesional. Ello está relacionado, ciertamente, con los condicionamientos culturales aún existentes, que tienden a identificar la fuerza de trabajo femenina como secundaria y complementaria de la masculina.