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Como sucede en el resto de América Latina, las colombianas han participado en el desarrollo de su país a través de dos vías fundamentales: el trabajo realizado en el ámbito doméstico y el referido a las actividades dedicadas directamente al mercado económico. Por otra parte, dicha participación ha estado determinada por los cambios económicos generales, así como por la condición específica de género en que se sitúan las mujeres.
Como ocurre también en toda la región, el problema reside en que, por distintas razones, esa contribución de las mujeres resulta sólo parcialmente visible. Sobre todo, por el hecho de que únicamente las actividades convencionalmente consideradas económicas forman parte de las cuentas nacionales. Los intentos realizados para medir el aporte del trabajo doméstico a la economía nacional no han modificado las convenciones existentes al respecto. Por otro lado, tampoco ha terminado la discusión acerca de si el trabajo doméstico podría ser retribuido de alguna forma, y si con ello aumentaría la autonomía personal de las mujeres.
Así, la participación de las mujeres en el desarrollo adquiere visibilidad esencialmente cuando puede medirse como actividad económica. Ahora bien, distinguir este tipo de actividades de las referidas al trabajo doméstico no siempre es fácil, especialmente en las zonas rurales. Con mucha frecuencia, las propias mujeres tienden a considerarse como dueñas de casa (donde se integra trabajos cotidianos como cría de animales, cuidado de la huerta, etc.), lo que, junto a los problemas de registro, hace que queden excluidas de la Población Económicamente Activa (PEA). Esta tendencia al subregistro se acentúa en los Censos, por cuanto éstos no persiguen como objetivo fundamental la producción de datos sobre empleo.
Esta inclinación de las instituciones estadísticas y de las propias mujeres tiene sus raíces en antiguos patrones culturales, según los cuales existe una determinada división sexual del trabajo: las mujeres tienen como responsabilidad central el cuidado doméstico y los hombres las actividades públicas y propiamente económicas. Es cierto que tal división de tareas se ha flexibilizado últimamente, pero todavía se sigue considerando que el trabajo del hogar es responsabilidad de las mujeres, tanto si participan o no en el mercado laboral.
De hecho, una proporción de la población femenina ha trabajado siempre en Colombia como parte del mercado económico. En las últimas cuatro décadas esta situación se ha ido haciendo cada vez más visible, conforme las mujeres se han ido ocupando como asalariadas o han aumentado su presencia en la actividad mercantil. También ha contribuido a hacer más visible el crecimiento de la participación económica femenina el cambio cultural que permite que las declaraciones y los registros sobre este tema reflejen más claramente la situación real.
En Colombia existe una dificultad adicional para estimar con precisión el nivel de participación laboral de las mujeres a nivel nacional: las Encuestas de Hogares, realizadas de forma continua, tienen sólo cobertura urbana. La información sobre el área rural es débil y fragmentaria: sólo se realizó en 1988 una Encuesta de Hogares en esa zona. Los únicos datos de alcance nacional proceden de los Censos, pero con un nivel de subregistro considerable (la tasa de participación femenina según el Censo de 1985 era del 32% en el área urbana, mientras la Encuesta de ese año la situaba en torno al 40%).
Así, la estimación de la participación de las mujeres en la PEA nacional ha de realizarse de forma aproximada, teniendo en cuenta que la Encuesta urbana señalaba que en 1991 las mujeres significaban un 42% de la PEA en las ciudades y que la Encuesta rural de 1988 mostraba que esa proporción era del 26% en el campo. Dado que a fines de los años ochenta el peso de la PEA rural había descendido apreciablemente (hasta ser el 30% de la PEA nacional), puede estimarse que las mujeres representan entre un tercio y un 40% de la PEA colombiana.
Como sucede en el resto de la región, las mujeres se emplean en categorías y grupos ocupacionales diferentes a los de los hombres: la mayoría de la mujeres trabaja en el sector servicios y principalmente como servicio doméstico, empleadas de oficina y de comercio; mientras los hombres se distribuyen por las distintas ramas productivas y se emplean fundamentalmente como trabajadores agrícolas y de la industria. Pero como el resto de las latinoamericanas, las colombianas presentan una apreciable proporción de técnicas y profesionales, mayor que la que existe en la PEA masculina.
Las mujeres experimentan problemas de empleo en mayor medida que los hombres. Sus tasas de desempleo son regularmente más elevadas y sufren de mayor subempleo visible. Por otra parte, se observa que la recuperación del empleo, después de atravesar una crisis económica, es más difícil para las mujeres que para los varones.
La información disponible indica que tales problemas ya no están referidos a un menor nivel educativo de parte de las mujeres. Actualmente, la PEA femenina tiene un mayor número de años de estudio que la masculina, lo que es más evidente aún en el caso de la población desempleada.
Así pues, el hecho de que las mujeres encuentren más dificultades en el mercado de trabajo y obtengan ingresos más bajos que los hombres, sigue relacionado con los patrones culturales que hacen que el trabajo femenino no sea juzgado por su capacidad profesional autónoma, sino como actividad complementaria del trabajo público y económico que regularmente ejecutan los varones.