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La condición educacional de las mujeres chilenas ha ido mejorando desde los orígenes del sistema educativo nacional, pero en los últimos cuarenta años esa mejoría se aceleró fuertemente, hasta situar a las mujeres en niveles educativos semejantes a los que presentan los varones.
Como consecuencia de este fuerte cambio reciente, entre las mujeres hay diferencias educativas de naturaleza generacional. Las mujeres mayores presentan más deficiencias educativas respecto de los varones de su generación, mientras en las menores de treinta años ya no aparecen esas diferencias en los niveles básico y medio, y son leves en el nivel superior.
En el contexto latinoamericano, las mujeres chilenas iniciaron pronto su plena participación en el sistema educativo y desde 1877 (Decreto Amunátegui) adquirieron el derecho a validar sus estudios secundarios y así acceder a la universidad. Posteriormente, su efectiva integración guardó relación con las distintas reformas educativas del país y con los cambios sociales sucedidos en la propia población femenina. Sin embargo, el brusco avance educativo de las últimas cuatro décadas fue más pronunciado en otros países latinoamericanos, de tal manera que hoy Chile ha perdido su carácter vanguardista en lo que a condición educativa femenina se refiere.
La progresiva equiparación de las mujeres respecto de los hombres en este ámbito, ha tenido lugar al interior de una situación educativa general estratificada que, como en el resto de América Latina, presenta forma piramidal; compuesta en Chile por la ancha base del 50% de población que sólo posee algún grado de enseñanza básica, el tronco formado por el 42% que ha adquirido algún grado de enseñanza media, y la estrecha cúspide de hombres y mujeres que obtuvieron educación superior (en torno al 8%).
Cuando se examina los distintos aspectos educacionales, puede observarse las características específicas que en este contexto diferencian a mujeres y hombres. Sobre el problema del analfabetismo, teniendo en cuenta el nivel reducido que presenta en Chile, existen todavía leves diferencias a favor de los hombres, por el peso del analfabetismo en las mujeres mayores.
La participación femenina en las matrículas de enseñanza básica y secundaria, ya no sólo es numéricamente paritaria, sino que es cualitativamente mejor que la de los varones, en el sentido de presentar un mayor rendimiento escolar: las mujeres reprueban y abandonan menos que sus compañeros.
A partir de la educación media, ya se aprecia una segmentación en la elección de carreras y especialidades. Las mujeres optan menos que los hombres por las ramas técnico-profesionales, y cuando lo hacen siguen también áreas tradicionalmente femeninas. Esta diferenciación se profundiza en la educación superior, donde las mujeres se orientan en primer lugar hacia carreras pedagógicas, en tanto los hombres lo hacen hacia el área técnica.
Pero donde las consecuencias de esta segmentación son particularmente graves para las mujeres, es en el ámbito de la capacitación laboral, el cual, lejos de ofrecer una reorientación que haga más favorable el acceso de las mujeres al mercado de trabajo, profundiza la tendencia de éstas hacia labores consideradas como femeninas, muchas de las cuales ya no constituyen vías de integración a la actividad laboral.
Estas deficiencias en la capacitación profesional, así como la segmentación educativa general que sufre la población femenina tienen una consecuencia fundamental: el nivel de educación formal ya adquirido por las mujeres no se traduce en igual medida en un mejoramiento de su participación en la vida económicamente activa y social en general (aunque también existe un sector cuya participación se ve menoscabada por falta de educación). De hecho, para que las mujeres obtengan puestos cualificados, necesitan haber cursado varios años más de educación que los hombres que ocupan iguales cargos.
Este problema tiene, como se sabe, raíces culturales según las cuales se identifican papeles sociales distintos para hombres y mujeres, considerando a éstas, por ejemplo, como fuerza laboral secundaria. Pero tal discriminación difícilmente puede medirse hoy mediante la información estadística que registra grados escolares, participación en matrícula, etc. Por ello, además de esta información, se hacen necesarios estudios más cualitativos acerca de los contenidos educativos y, especialmente, sobre la socialización de las niñas y jóvenes, que será decisiva a la hora de orientarse educacional y profesionalmente.