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Las mujeres de Chile, que constituyen la mitad de la población del país (en 1992 son el 50,6%), experimentaron una notable modificación de sus características demográficas en los últimos cuarenta años. En algunos aspectos, porque los cambios poblacionales generales tuvieron lugar mostrando leves diferencias entre los sexos; en otros, porque afectaron de manera particular a la población femenina.
Entre 1950 y 1990 Chile duplicó su número de habitantes, pasando de algo más de seis millones a superar los trece. En ese período, la composición por sexo apenas varió: en 1950, las mujeres ya eran ligeramente más numerosas (un 50,5 %). Este crecimiento poblacional presentó un fuerte ritmo entre 1950 y 1965, y un ritmo menor desde esta fecha, debido principalmente al descenso de la fecundidad: a comienzo de los años sesenta, cada mujer tenía un promedio de 5 hijos durante su vida, mientras que este promedio es sólo de 2,6 cuando se inician los noventa.
Tales cambios implicaron una sensible modificación en la composición etaria de la población chilena: ahora hay una menor proporción de jóvenes que en 1950, habiendo aumentado especialmente la población joven-adulta. En este plano, existen diferencias entre hombres y mujeres: dado que éstas son más longevas, el peso relativo de las personas mayores es superior en la población femenina que en la masculina.
Es decir, Chile se encuentra realizando su transición demográfica, en el sentido de pasar de un crecimiento poblacional elevado debido a una alta fecundidad y una mortalidad controlada, a un crecimiento bajo, producto de la caída de la fecundidad en una población relativamente envejecida, como ya sucede actualmente en Argentina, Cuba y Uruguay. Chile se situaría en esa fase intermedia, en la que ya se ha producido la baja de la fecundidad, pero todavía el crecimiento poblacional no es tan bajo, porque existe aún una extensa población en edad de procrear, procedente del volumen de población joven acumulado en la fase anterior.
Como en los otros países del Cono Sur de América, Chile presenta una temprana tendencia a la urbanización: ya en 1950 la población que residía en las ciudades era visiblemente mayoritaria (un 60% del total nacional). Pero en ese tránsito hacia las ciudades, que tiene lugar fundamentalmente entre 1950 y 1970, las mujeres participaron más que los hombres. Como resultado, la población femenina era, en 1990, más urbana que la masculina.
Existen en Chile varios grupos indígenas, cuyo volumen total se estimaba en 1990 en torno a medio millón de personas, constituido básicamente por la población mapuche. Las mujeres indígenas presentan características demográficas que las distinguen del resto de la población femenina, especialmente en cuanto a la menor esperanza de vida y al mayor número de hijos que tienen.
Algo más de la mitad de la población mayor de 12 años se encuentra emparejada, fundamentalmente mediante el matrimonio. Pero las mujeres tienen en este ámbito diferencias respecto de los hombres: presentan proporciones algo menores de soltería y mayores de separación y viudez. Tales diferencias están relacionadas con el hecho de que las mujeres comienzan a emparejarse antes que los hombres, pero se mantienen separadas durante más tiempo y son más longevas que éstos (además de los problemas de declaración que pudieran existir).
Durante los años ochenta, si bien se han mantenido las tasas anuales de matrimonios, han aumentado las cifras de nulidades. Dado que en la legislación chilena no existe el divorcio, es difícil estimar el verdadero número de rupturas conyugales. En todo caso, existe coincidencia en cuanto a que éstas constituyen un número mucho mayor que el que reflejan las cifras de anulaciones formales de matrimonio.
Como en el resto de América Latina, en Chile ha tenido lugar en las últimas décadas un avance de la familia nuclear frente a la familia extendida, estimándose que hoy las familias nucleares representan los dos tercios del total de familias. Sin embargo, durante los años ochenta creció ligeramente el número de familias que se registran viviendo en un mismo hogar, debido principalmente al problema de la falta de viviendas.
Actualmente, uno de cada cinco hogares tiene como jefe a una mujer y ello apenas ha variado en los últimos veinte años, aunque se considera que existe un problema de subregistro, dado que la designación de la jefatura de hogar es declarada por la propia familia y es conocido que en la cultura latina se asocia la jefatura con el sexo masculino.
Esa proporción de hogares dirigidos por mujeres es mayor en las ciudades que en las zonas rurales. Las características de tales hogares son la marcada pobreza, el menor nivel de estudio de las jefas respecto de la población femenina total, el predominio de mujeres en edades maduras y la gran cantidad de familias incompletas (sin cónyuge) que los constituyen. Por otra parte, dentro de los hogares existe una apreciable cantidad de núcleos familiares "secundarios" (principalmente jóvenes con hijos), dirigidos en una alta proporción por mujeres, que aumentan así el número total de mujeres jefas de familia, tanto principales como al interior de otras familias.