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El desarrollo socioeconómico en Brasil durante los años ochenta constituye un ejemplo exacerbado de la problemática latinoamericana de esa década. En efecto, muestra cómo un país, al notar los primeros efectos de la crisis mundial de los setenta, intenta sostener su alto crecimiento acentuando los rasgos del modelo, a pesar del endeudamiento externo, y, al prolongarse la crisis mundial, termina obteniendo la combinación que resultó fatal en el decenio: altísimos niveles de deuda y fuerte estancamiento económico.
Ciertamente, ello guarda relación con el proceso impulsado hasta entonces, que en el caso de Brasil tiene antecedentes particulares. El desarrollo expansivo hacia adentro, donde se conectaban directamente crecimiento del mercado interno y ampliación de la participación política, fue quebrado en 1964 por el golpe de Estado que inauguró un prolongado período de gobiernos militares. Así, entre 1964 y 1968 el manejo de la política económica contó con la posibilidad de comprimir las demandas sociales y, en particular, de rebajar forzosamente el costo del factor trabajo. En esas condiciones, se promovió una política exportadora que buscaba combinar los productos primarios con otros del sector industrial, al tiempo que se desarrollaba un mercado interno segmentado, cuyo dinamismo procedía de la esfera de consumo de altos ingresos (que en un país de las dimensiones de Brasil no era menor de diez millones de personas, a fines de los sesenta).
Los mejores resultados de este modelo se manifestaron en la etapa subsiguiente, entre 1969 y 1976, cuando el PIB general y per cápita crecieron considerablemente: 9,5% en 1968, 13,9% en 1973 y 10,3% en 1976. Esta expansión fue claramente impulsada por un sector industrial que abasteció un mercado interno dual (pero que también aumentó su dinamismo en niveles medios de la masa salarial) y consiguió consolidarse en el mercado exterior (principalmente en las ramas de transporte, maquinaria, electricidad y química).
Este modelo funcionó con niveles apreciables de eficiencia hasta que en 1974 tuvo lugar la crisis internacional, con su contracción del comercio mundial y el aumento de los precios del petróleo. Desde mediados de los años setenta, el modelo brasilero necesitó incrementar los altos niveles de actividad del comercio externo, tanto en importaciones como en exportaciones. Conforme fue evolucionando negativamente la balanza comercial, se fue acudiendo al recurso de la deuda, que aumentó rápidamente a niveles muy elevados: a comienzos de los años ochenta Brasil tenía el mayor monto de deuda externa del mundo.
En 1982 la economía brasilera se enfrentó finalmente a un cuadro de recesión generalizada: por un lado, las exportaciones se contrajeron acentuadamente como producto de la crisis mundial, por otro, los bancos en el exterior dejaron de otorgar nuevos préstamos y todo ello cuando ya el servicio de la deuda llegaba a representar casi la totalidad (98,5%) de los ingresos procedentes de las exportaciones. Entre 1981 y 1983 el PIB, por primera vez en mucho tiempo, sufrió un crecimiento negativo: -4,4% en 1981 y -3,3% en 1983. Se impuso pues un plan de ajuste general, dirigido especialmente a reordenar el sector externo.
Las tensiones sociales que impulsó el ajuste contribuyeron a agudizar la necesidad del cambio político hacia la democracia, buscando desde allí una salida socioeconómica. Pero la recuperación que se hizo notar desde 1985 mostró pronto sus debilidades. Quizás la más importante sea el desequilibrio estructural que se refleja en la enorme dificultad para controlar la espiral inflacionaria. A partir de 1987 comenzaron a manifestarse nuevos síntomas recesivos: en 1988 el PIB se estancó y en 1990 volvió a tener crecimiento negativo. Desde 1991 la crisis económica se entrelazó con evidencias de inestabilidad política e institucional.